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Populismo: entre conceptos y posiciones (Parte 2)

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El sistema político y económico del populismo

Es importante comprender las consecuencias de las políticas populistas y para ello es imprescindible analizar la lógica bajo la que se comportan. En un estudio realizado por Sebastián Edwards, el economista chileno define al populismo económico como: “Un acercamiento a la economía que enfatiza el crecimiento y la redistribución del ingreso y resta importancia a los riesgos e inflación y del financiamiento deficitario, a las restricciones externas, y a la reacción de los agentes económicos ante las políticas agresivas ajenas al mercado”, bajo esa lógica los enfoques populistas “a la larga fracasan”, aunque esto no quiere decir que la economía conservadora sea mejor, sino que es el resultado de políticas insostenibles.

Las políticas económicas popu­listas suelen funcionar en un inicio, sobre todo si se implementan en una economía deprimida. Por ejemplo, crear un estímulo fiscal considerable para las clases menos favorecidas puede producir un repunte en la creación de empleo o una apre­ciación en el tipo de cambio.

Con el consumo de bienes y servicios, otorgamientos de crédito y el empleo en auge, prevalece la sensación de prosperidad en la sociedad, lo que les da seguridad financiera; bajo esta perspectiva, los líderes populistas se atribuyen el mérito y sus índices de popularidad tienden a subir.

Sin embargo, con el tiempo este tipo de políticas económicas resultan intensamente costosas e insostenibles. El engaño populista consiste en hacer creer que hay los recursos suficientes e ilimitados para implementar sus políticas económicas, por ello se mantiene la idea de que los populistas pueden estar en el poder por un periodo muy largo.

El populismo ha terminado con la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas y termina quebrando el desarrollo económico a partir de políticas económicas que llevan a crisis profundas. El estancamiento económico y el retroceso social de diversos sectores de la población han deteriorado la democracia y, de manera paradójica, reforzado al populismo. 

Finalmente, Álvarez (2008) concluye que no existe una única política económica del populismo, sino que deberían ser estudiadas como políticas económicas de gobiernos populistas. Tomando en cuenta, como mencionó Delsol (2016), que los populistas difícilmente clasifican sus acciones en alguna corriente, en este caso, económica o política.

En resumen, se está ante la presencia de una crisis cuando se critica el modelo político y económico imperante. Se constituye, entonces, esencialmente, como una profunda crisis política, de legitimidad institucional y de quienes se encuentran en la cima del poder, aunque también es una crisis económica, pues es el resultado de una puesta en juicio del modelo de desarrollo, específicamente, un cuestionamiento de cómo se produce, distribuye, y, sobre todo, acumula. En estricto sentido el populismo es un tipo de movilización política que profundiza una reestructuración radical de las relaciones prevalecientes de dominación, sin una transformación conjuntamente de las relaciones de producción.           

Populismos: el caso mexicano

El sistema político mexicano se ha democratizado gradualmente, consecuencia de una larga transición democrática, esta democratización consiste en la ampliación de los derechos civiles y políticos, la construcción de instituciones electorales más confiables y transparentes, y en una competencia cada vez más equitativas entre las fuerzas políticas, la alternancia en el año 2000 fue prueba de ello. No obstante, estos avances no han ido acompañados de reformas profundas e integrales en todos los aspectos del régimen político, lo cual se demuestra con la continuidad de prácticas clientelistas y corporativas, la concepción de la política como botín, la excesiva personalización del poder, la emergencia recurrente de políticos y políticas populistas, las cuales se hacían cuando México era gobernado por el partido oficial, el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

El gran desafío para México en la actualidad es la reforma integral de la Constitución, una reforma que vuelva compatible y coherente a nuestras leyes e instituciones, por una parte, y las necesidades y las exigencias de una auténtica democracia.

México ha sido y es un cliente frecuente del fenómeno populista. De hecho, el gobierno de Lázaro Cárdenas, en los años treinta del siglo pasado, aportó a los analistas políticos muchos de los criterios para caracterizar intelectualmente el fenómeno, al grado de considerarlo un caso típico de populismo.

Posteriormente, gobiernos como los de Luis Echeverría y José López Portillo, en los años setenta, y el de Carlos Salinas de Gortari, en los noventa, fueron calificados en su momento como populistas, aunque para esta época el concepto se había vuelto tan flexible que comenzó a emplearse para referirse a todo tipo de experiencias políticas que presentara alguno o algunos de los rasgos con los que solía asociarse tradicionalmente, tales como: una apelación directa al pueblo por parte del líder con fines de movilización y/o control; una marcada personalización del poder en la figura de un líder carismático; una política basada en criterios asistencialistas de beneficio popular; un discurso nacionalista y desarrollista exacerbado; una excesiva concentración del poder en manos del líder, etc.

Finalmente, ya en este siglo XXI, el concepto resurgió en la escena mexicana con relación a dos figuras políticas carismáticas que, por su estilo personal de gobernar o por algunos de sus atributos y discursos, suelen ser calificados a su pesar como populistas: Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador. Es a partir del gobierno de este último que se ha introducido aún más el término a nuestro vocabulario, pero, ¿realmente es populista?

“López Obrador tiene un aura religiosa, una misión sentida solo por él de salvar al pueblo mexicano de sus males: la corrupción, la violencia, la inseguridad, la impunidad, la desigualdad, la pobreza”, explica Krauze en una entrevista para El País (2018), cumpliendo una de las principales características que es ser representante de las demandas sociales, a través del abuso de la palabra (o bien, una conferencia diaria de prensa), posee un discurso carismático y logra desacreditar a aquellos que contradigan sus ideas (y por lo tanto, las supuestas demandas del pueblo); además identifica al enemigo culpable de todos los males, es decir, la élite política; finalmente, la promesa de redistribuir los recursos: quitarle a los que más tienen para dárselo a aquellos a quienes se lo han robado.

Sin embargo, a pesar de que el actual presidente recurre al discurso y acciones nacionalistas, lo cierto es que no se presenta como un fuerte arraigo identitario que se manifiesta en odio hacia los demás (externos o extranjeros), lo que es una de las principales características del populismo occidental (europeo y norteamericano), lo que demostraría, que no existe una única forma de ser populista y que América Latina tiene sus particularidades.

El populismo en México no es un fenómeno nuevo, sino que ha sido recurrente en la política nacional, como menciona Freidenberg (2007), para el PRI, que gobernó el país durante décadas, el populismo ha sido un recurso utilizado por sus presidentes y dirigentes, que datan desde la creación del partido que nace con un marcado estilo de liderazgo que bien podría ser definido como portavoz de las demandas de los sectores más grandes y populares.

Es por lo que el populismo en nuestro país tiene características propias que lo diferenciarían de otros regímenes, por lo que es necesario ahondar más en el tema a través de futuras publicaciones que aborden elementos historiográficos, comparativos y hasta experiencias de otros países que permitan tener una visión más completa del populismo mexicano.

Reflexiones finales

Un efecto poco visible del populismo es la implementación de un mecanismo de estratificación política para decidir quién participa y quién queda en una posición marginal. Es decir, el pluralismo de los intereses es un elemento difícilmente presente en los campos semánticos del populismo mexicano más reciente. Sin embargo, y por contradictorio que resulte, a veces el líder populista está obligado a segmentar y dirigir su acción de gobierno precisamente hacia las exigencias de grupos particulares y que no son precisamente los menos favorecidos o los que casi por regla quedan encapsulados en la noción abstracta del bien común; o en términos más próximos al lenguaje político corriente, la justicia social.

Es aquí donde surge el debate entre las ventajas y las desventajas: pues a pesar de que como se mencionó, el populismo es un atentado contra el pluralismo y democracia, también representa una alternativa para dar voz a aquellos que durante mucho tiempo no la han tenido.

En nuestro país —es importante resaltarlo— se ha manifestado un contexto propio para esta tendencia política: profundas desigualdades, crisis económicas, ineficiencias y crisis en las instituciones, un debilitamiento en los partidos políticos y una generalizada y creciente desilusión en la democracia liberal.

Lo cierto es que si bien el populismo ha buscado tomar en cuenta a aquella población que se sentía excluida con herramientas como las consultas populares, también ha provocado una fuerte exclusión hacia los grupos que se opongan a los proyectos, desacreditando sus intereses al calificarlos de egoístas (ya sea, fifís, una mafia del poder o periodistas chayoteros); a su vez, estos sectores sociales se han encargado de darle un sentido peyorativo y negativo al populista, cerrando cualquier tipo de debate entre las exigencias de las masas.

A dos años de gobierno obradorista y con los resultados que aún falta por ver, ¿el populismo en México será una era que recién inicia o una etapa fugaz que se irá con AMLO?

Referencias:

Ballesteros, C. (2018). Enrique Krauze: “El líder populista toca resortes muy primitivos”. El País (digital). Recuperado el 16 de diciembre de 2020, de https://elpais.com/internacional/2018/11/12/actualidad/1542040553_355502.html

Batlle, C. (2007). Reseña de “La tentación populista: una vía de acceso al poder en América Latina” de Flavia Freidenberg. Iconos. Revista de Ciencias Sociales, (29),149-152. Consulado el 16 de diciembre de 2020. ISSN: 1390-1249. Disponible en:   https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=509/50902915

Cansino, C. y Covarrubias, I. (2007). Retóricas y dinámicas del populismo en México: Un análisis desde la teoría política. Revista Enfoques: Ciencia Política y Administración Pública, (7),37-72. [fecha de Consulta 9 de diciembre de 2020]. ISSN: 0718-0241. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=960/96000702

Delsol, C. (2016). Populismos. Una defensa de lo indefendible. México: Editorial Ariel.

Estrada, J. (2008). Populismo económico en América Latina. ¿Práctica histórica o construcción ideológica? Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, núm. 35, 413-446.

Frei, R., y Rovira, C. (2008). El populismo como experimento político: historia y teoría política de una ambivalencia. Revista de Sociología 22, 117-140.

Freidenberg, F. (2007). La tentación populista: una vía de acceso al poder en América Latina. Madrid: Síntesis.

Gonzales, O. (2007). Los orígenes del populismo latinoamericano: Una mirada diferente. Cuadernos del Cendes24 (66), 75-104. Recuperado el 15 de diciembre de 2020, de http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1012-25082007000300005&lng=es&tlng=es.

Jackson, L. (2017). ¿Cómo funciona el populismo económico?, World Economic Forum. Recuperado el 16 de diciembre de 2020, de https://es.weforum.org/agenda/2017/02/como-funciona-el-populismo-economico

Krauze, E. (2018). El pueblo soy yo. México: Penguin Random House Grupo Editorial.

Mounk, Y. (2018). El pueblo contra la democracia. Por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla. España: Paidós Estado y Sociedad.

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