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Memoria y olvido. En el centenario de Juan Pablo II

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Augusto Isla

Una leve llovizna refrescaba esa mañana el aire de Varsovia. A temprana hora, emprendimos un paseo por el parque Lazienki, una verde inmensidad que soñó para sus goces el rey Estanislao Augusto a mediados del siglo XVII. Allí levantó el déspota un palacio para su familia y otro para sus huéspedes; allí también esplende un monumento erigido en honor de Chopin, rodeado por un tapiz de rosas rojas. A hurtadillas, deshojé una y guardé los pétalos en una pequeña urna de madera laqueada para una amiga que colecciona en su casa pequeños fragmentos de las bellezas del mundo: arenas de mar, caracoles y flores. Suele ocurrir que personas proclives a acumular cosas no saben retener a quienes las aman. Obrando en sentido contrario a lo que aconsejaba Platón, mi amiga dejó crecer la hierba en el camino de la amistad.

El arte y la memoria histórica se enlazan, a veces, dramáticamente. Lo digo porque Varsovia, después de la devastación nazi, fue reconstruida palmo a palmo gracias, entre otras cosas, a un prodigioso pintor, Bernardo Belloto, conocido como Canaletto, quien en una veintena de cuadros fijó para siempre la imagen de la ciudad. La obra de Canaletto decora la sala de los senadores en el Castillo Real, situado a unos pasos de la Catedral, un edificio medieval dedicado a San Juan. En una de las capillas laterales se levanta un monumento que recuerda a Stefan Wyszinki, mentor de Karol Wojtila; en él abrevó éste su fervor anticomunista. Me acordé de México, de las visitas papales, de las concentraciones multitudinarias presididas por el jerarca polaco con los brazos abiertos pronunciando su “México siempre fiel”, inspirado en las palabras de su maestro cuyo túmulo funerario lleva la inscripción Semper fidelis.

* * *

El fracaso del comunismo histórico es indudable. Pero ¿no es actual su desafío? Los populistas anhelan. Wojtila luchó con furia contra el comunismo, contra su sombra, contra todo cambio que se le asemejara. Acabó convirtiéndose en un predicador de la inmovilidad histórica y –quiérase o no– en cómplice de otros horrores: el Chile de Pinochet a quien le dio la eucaristía; la Cuba de Castro. Es cierto que también oró frente al muro de las ejecuciones en Auschwitz, pero su denuedo anticomunista pasará a la historia como una página de exageración ideológica, de ceguera intelectual frente a la necesidad de profundas transformaciones sociales, más que por esa otra proeza que se le atribuye: la de ser un episódico vencedor de los regímenes totalitarios, de antemano derrotados por su propia insania.

Hasta qué punto influyó en el derrumbe del comunismo, es difícil saberlo. Verdad es que en su primera visita a Polonia, ya como Papa incitó a la libertad. Su apoyo al movimiento Solidaridad fue sin duda importante. Pero en historia, el vínculo entre la acción individual y la fuerza colectiva es a menudo imprecisable. Nadie podría negar que Wojtila tuvo genio para forjar su leyenda. Recuerdo que la primera vez que vi una imagen suya fue en la alcoba de un viejo profesor mío enfermo de leucemia. Wojtila tenía alelado al moribundo; era apuesto, irradiaba imagen de bondad, pero la tensión de su barbilla protuberante anunciaba la dureza de su autoridad. Juan Pablo II modeló astutamente su carisma, en su caso esa entrega desmesurada de sus adeptos a una supuesta santidad, esa luz mítica, propia de la aristocracia católica. Exploró todos los recursos para atraer la atención: actos tumultuarios y medios de comunicación; su figura osciló entre un líder fascista y una “estrella mediática”, según expresión de Hans Küng; entre el ecumenismo y la necedad sectaria, dictada por Ratzinger, su alter ego.

Sabedor de la eficacia de la teatralidad, besó la tierra que pisaba, acarició las mejillas de los niños, visitó sinagogas y mezquitas, repartió bendiciones a diestra y siniestra, condescendió con las devociones de cada pueblo –en México la mariolatría cobró nuevos bríos–; pero se mostró inflexible en lo concerniente a la preservación de la iglesia como una institución arcaica. Sus críticos lo han tildado de fundamentalista. No sé si el adjetivo es justo, pues más que volver a los orígenes, su nostalgia autoritaria exhumó los tiempos de Carlomagno, Gregorio VII, Inocencio III. Su largo papado dejó un olor a rancio, a insidiosos aires medievales: el centralismo romano, la doctrina del celibato sacerdotal, la confesión como requisito para la eucaristía, la misoginia empedernida. Bien podría verse al “papamóvil” a prueba de balas como una metáfora de la iglesia que concibió, ajena al mundo, autista, autocomplaciente en su estéril pedagogía. Él mismo llegó a ser una metáfora de su iglesia: un cuerpo desvencijado, trémulo, babeante, cruelmente llevado y traído por una burocracia vaticana que no sabía qué hacer con él.

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Juan Pablo falleció el 5 de abril de 2005, a un mes de cumplir 85 años. Apoteóticos fueron los ritos funerarios. “Santo Súbito” (santo ya) reclamaron sus seguidores exigiendo pronta canonización, como deseando olvidar esas oscuridades que también le acompañaron durante su pontificado. Tengo muy presente esa imagen de Juan Pablo ‘El magno’, como le han querido llamar algunos: ese momento en el que el pontífice, ya aquejado por el mal de Parkinson, pone su mano trémula sobre la frente de Marcial Maciel, uno de los criminales más notables de la historia del catolicismo. Y a sabiendas de todas la aberraciones de Maciel, pederasta y adicto a las drogas. Y digo ‘a sabiendas’ porque tanto él como Ratzinger estaban perfectamente enterados del historial siniestro del fundador de los Legionarios de Cristo. Las denuncias desde los años 40s cayeron sobre la autoridad vaticana como una tormenta de inmundicias. Destaco la carta suscrita por víctimas mexicanas en 1998. ¿La respuesta? El silencio encubridor.

Se cuenta que en su lecho de muerte, el pontífice afirmó ante sus allegados: “soy feliz, séanlo también ustedes. No quiero lágrimas. Recemos juntos con satisfacción. En la Virgen confío todo felizmente”. Memoria de la luz, olvido de la oscuridad. Lo comprendo: nadie desea viajar con la noche a cuestas.

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