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La Sinalefa Aprendiendo en casa

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Por: Sergio Vargas

Parece una película de terror, cosas tiradas por toda la casa, gritos, ruidos extraños, ansiedad, desesperación… en realidad, es el encierro mientras aprendemos en casa. Para todos los que tenemos hijos en edad de recibir educación básica la cosa se ha puesto así; en el trajín de cada día y nuestros intentos —fallidos casi siempre— por seguir el ritmo de las actividades, terminamos perdiendo la cabeza y haciéndonos chiquitos en una parte del sillón, en la silla de la mesa y viendo como nos sobrepasa la energía que nuestros hijos han ido acumulando a pesar del ejercicio y de los juegos, en pocas palabras como nos ha rebasado la realidad de esto días y así pasa un día tras otro.

Los memes no se han hecho esperar y nos han deslumbrado desde la basta galería de las redes sociales, van desde los que amenazan con perder la cordura si no limitan su contacto humano al terminar las tareas, hasta los que reclaman neuróticamente a los profesores, por la ausencia en las aulas —como si la pandemia hubiera sido idea de ellos— y es que el problema -por cierto, lo vi en otro meme- “no es el home office, el problema es que al mismo tiempo debe ocurrir el home schooling, el home run, y hasta el home theater.”

Todo tiene que pasar en el mismo espacio, en el mismo día, ya no hablemos siquiera del modelo educativo que tenemos, la paradoja que implicó desdeñar la inclusión de las nuevas tecnologías para luego caer redonditos en sus brazos y obviamente los problemas que se generaron en consecuencia. No hablemos del sector rural que bajo este telemodelo multitecnológico de diseminar la información educativa se queda fuera de la jugada, no hablemos de los sectores con menos accesibilidad y es que muchos señalan que las escuelas rurales no estaban listas para esto y tienen razón, pero habría que agregar que nadie lo estaba.

No sólo desconocemos la estrategia pedagógica, el programa, los contenidos, hemos olvidado el juego y la paciencia y hasta este punto, sólo he podido construir aquí, una lista de cosas de las que no podemos hablar no sólo porque la extensión del debate sería interminable, sino también porque como dije antes, no estamos a la altura para hacerlo, pero quiero proponerles que, si hablamos de algo, sea de uno de los pilares centrales de la enseñanza. Del maestro.

Últimamente, cada vez que reparo en ver nuestro esfuerzos como padres en cumplir con las obligaciones escolares no dejo de pensar en las maestras de mis hijos, en como lidiarán con cada rabieta, con las articuladas argumentaciones de mi hijo mayor para no hacer lo que se le pide, con la energía desbordante de mi hijo menor y sus constantes ganas de cantar, de bailar y de reír, ¿cómo han logrado hacerlo todas sus maestras sin reprimir quienes son, permitiéndoles aprender, siendo lo más libres que se pueda?

No puedo calificarlo menos que una maravilla, todos estamos adecuados a desempeñar los papeles que tenemos, el de padre o el de maestro, sin embargo, ahora que se comparten estos roles, puedo darme cuenta da la increíble e interminable labor que desempeñan para que nuestros hijos, no sólo sean parte de la enseñanza del conocimiento, también que aprendan a ser felices, porque pienso que pasamos toda la vida aprendiendo y también cercanos a nuestros maestros y esto no sucede solamente en las aulas, acuñamos el conocimiento desde que llegamos al mundo, Galeano ya lo contaba de alguna manera en “El viaje” diciéndonos que “A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje”. El primer curso que aprobamos, es impartido por nuestras madres al ofrecer un destino a ese primer aleteo, acoger a nuestro primer abrazo y piadosamente guiarnos hacia la supervivencia. Vendrán después las primeras caídas, los primeros llantos, donde habremos de graduarnos -si tenemos suerte- de un primer curso de sentido común (que por cierto, pocos aprobamos) y aterrizaremos después en las escuelas, donde conoceremos a nuestros nuevos padres, nuestras figuras rectoras que nos llevarán de la mano desde el baño y hasta la sabiduría, ellos nos ofrecen un sentido, una patria que se forja en la combinación de los libros y la experiencia, seguiremos creciendo, encontrándonos con nuestros padres que revisan meticulosamente —como quién revisa el examen más importante de su vida— nuestras fallas y aciertos, porque es hora, entonces de salir a vivir al mundo, siempre tendiendo su mano al caer para que en el nuevo ascenso descubramos que aprendimos algo. La vida no es solo caer y levantarse, es lo que sucede en medio, porque ahí es donde incide el trabajo de nuestros maestros, en la reflexión de nuestros errores que convertirá en sabiduría nuestra experiencia; porque al final de cuentas el maestro no solo vive para enseñar; enseña para vivir y de cierto modo, lo que enseña, también les permite vivir a los que aprenden.

Por eso, en estos tiempos donde más los extrañamos, habremos también de aprender a valorarlos como se debe y deseo extender una felicitación que dure la vida entera a todos los maestros que nos han permitido sobrevivir al mundo, sobrevivirlo a diario y a ratos, recibir a la felicidad en casa.

Así que, para estos días, les deseo, paz y paciencia, reflexión ante lo que vivimos y ante quienes nos hacen falta, ya saldremos de nuevo apurados en las mañanas para llevar a los niños a esa otra casa que les abrirá las puertas de par en par para dejarlos ser quienes son mientras aprenden, para darles el regalo de aprender a ser felices; mientras tanto, podemos seguir aprendiendo en casa que para ser maestro, en definitiva, se necesita vocación.

El retruécano tiene la función de producir un efecto de contraste o diferencia para otorgar realce a una idea e invitar a la reflexión. ¿puedes encontrarlo? Escríbeme a contactolasinalefa@gmail.com. Las letras están siempre abiertas.

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