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La rockola: Trágico estudio sobre las lechuzas

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Para acompañar escuchando “Smooth Operator” de Sade

Limpió los restos del borde lamentándose no haber difuminado más su labial y manchar el vaso. Era un encuentro en el que no quería dejar más huella que la emocional, la cual ya era fuerte per se; hubiera querido pasar desapercibida en todo aquello y no llegar hasta ahí, a esa espera ansiosa y miserable que la tenía en vilo. Visiblemente intranquila, así se percibió frente al espejo del baño antes de partir: demasiado rubor, demasiado labial, el cabello engominado hasta el ridículo. Objeto de artificio. Quiso distraerse mirando todo lo que le ofrecía el entorno: la música, las paredes rojas, el güisqui que no había vuelto a tocar desde el primer sorbo donde se dio cuenta que aún tenía labial suficiente, los meseros, la anfitriona. Recorrer desde la entrada del restaurante a su mesa siguiendo la danza de aquellos omoplatos desnudos, elegantes y finos, demasiado sutiles e invitantes para una mujer que solo cumple con su trabajo. Si todo salía mal, le pediría su teléfono al salir. Nunca le ha gustado coleccionar derrotas, siempre debe llevar alguna ventaja, algún recuerdo de la batalla, esa compulsión de nunca perder y siempre ver el lado bueno de las cosas, aunque a leguas se perciba que no lo tienen.

Repasó en su mente las circunstancias que la llevaron hasta ahí. Ese nerviosismo, el deseo de no estar metida en aquello, de no tener que resolverlo y salir viva. Le aterraba el compromiso de salir viva y, sobre todo, el deber lograrlo. ¿Si sólo nos dejamos arrastrar? ¿Si sólo se quedaba ahí bebiendo su güisqui y observando a la anfitriona del restaurante ir de una mesa a otra con ese sensual baile de hombros? ¿Si sólo decía que sí, cerraba los ojos y desaparecía lentamente con la responsabilidad que había adquirido?  Tan fácil es decir no como lo es asentir en cualquier cosa. Pensaba en la espera, pensaba en quién la hacía esperar y en la posibilidad de que todo se resolviera de la manera más efectiva y menos dolorosa para ambos. Ella nunca quiso hacerlo. Sólo supo ser transparente, no era dolo haber aprovechado una oportunidad que en su vida tendría. Él debería entender que, desde que nació, las oportunidades eran escasas en su entorno y cuando te caía en la mano una manzana dorada, debía aceptarse sin chistar.

No sé quién soy, no sé ni cómo se pronuncia mi nombre. Me da igual cómo se pronuncie mi nombre. Me da igual negar o asentir. Me importa un carajo si esto no acaba como yo quiero porque no sé ni lo que quiero. Se decía mientras miraba afanosamente la puerta.

En aquel espejo antes de emprender el camino a su cita, se miró como él la buscaba, tan blanca, tan contrastante, con esa pureza que raya en la malignidad. Su lechuza preferida. Así la llamaba desde que se conocieron: lechuza.  La lechuza que él siempre uso para cazar los mejores ratones. La lechuza que llenaba de gritos lastimeros y estridentes cada habitación que compartían. La lechuza que siseaba cada vez que él se marchaba. No era fácil ser ella ni estar en dónde le había tocado. No era fácil ser amante y agente de cambio para la misma persona. No iba a ser fácil salir ilesa de ese restaurante en el que ella era el ratón, esta vez.

Revisó el celular esperando algo que fomentara la espera o le diera sentido. No hubo ningún estímulo. Estaba suspendida en la incertidumbre. Siguió bebiendo y se animó a pedir una entrada en lo que llegaba su cita. Le gustaba comer mientras bebía y en ese momento, era lo único que la mantenía anclada a la realidad. El sabor del queso azul combinado con el Glengoyne. El olor de su piel sudando nervios. El perfume que se había puesto. El labial que se había quitado para quedar blanca, alba, como su lechuza preferida. El rojo de su cabello que sabía a culpa, a liberación, a justificación. Ojos de desesperanza. Se ataba a los sabores, olores y colores como una cuerda que le evitaba el vacío, casi la irrealidad. Volvía al queso azul de vez en vez hasta que el celular sonó y contestó de inmediato. No conocía el número.

Las lechuzas tienen pocos depredadores, algunas veces los búhos grandes llegan a comerse alguna pero no es tan común. Los granjeros hacen criaderos de lechuza para cazar ratones. La cita había terminado sin siquiera comenzar. Todo había terminado y el futuro pintaba incierto. No tuvo que asentir ni negar nada. En ese momento se daba cuenta que ni siquiera tuvo que sentir o fingir. No sentía. Acabó con los últimos restos de queso azul para aferrarse al sabor y percibir que todo aquello que estaba ocurriendo era real y no una mala broma. Hubiera querido pellizcarse, pero no sería lo más prudente o verosímil en un restaurante lleno de comensales. Pidió la cuenta. Quería llenar la sala de gritos lastimeros, manchar su vestido verde olivo, acabar con todo el rojo ornamento de su cabellera, quebrarse, sisear el dolor de la pérdida, pero sólo atinó a tomarse de un trago lo que restaba del whisky y poner la tarjeta de crédito en la cartera imitación piel que le presentaba el camarero. Cuando todo estuvo saldado, se dirigió a la salida y al ver a la anfitriona le pidió su teléfono con la mejor sonrisa que poseía.

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