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La rockola: De carne y hueso (al lado del teléfono)

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Para escuchar con: “Personal Jesus” versión de Jhonny Cash.

Carmen juntaba los últimos trastes del día mientras los ronquidos de Andrés llenaban la casa con su lastimero ritmo. Para conservar su paz mental decía que se había acostumbrado a ellos, pero no era cierto. Los ignoraba como si con esto pudiera estabilizar su matrimonio; así como ignoraba comer huevo todos los días pese a que no le gustaba, picadillo con jitomate, chilaquiles, carne, sopa sin sal y todas esas cosas que Andrés preparaba periódicamente con sobrado conocimiento de no ser del agrado de su mujer, pero sin ningún afán de molestarla. O eso decía. Carmen no se había acostumbrado a nada, sólo lo ignoraba, lo dejaba pasar como esperando algo, como si de repente el dios de los infiernos abriera la tierra para rescatarla del tedio o a Andrés le diera un infarto fulminante y dejara de roncar. No le deseaba mal, aunque le tenía muchas guardadas y en manos de su terapeuta, pero las de malas pasan todo el tiempo y algún día le pasarían a él, o eso creía. Karma is a bitch.

Se sentó en la mesa de la cocina y agarró el único pan de dulce que sobraba. Mientras comía revisaba todas las actualizaciones de sus amigos en Facebook: Adriana se había casado, Israel estaba en Noruega, Lucas vendía hamburguesas, Adela hacía playeras grabadas y luego, los miles y miles de anuncios. ALGUIEN TE ESCUCHA: ¡DESCARGA NUESTRA APP EN PLAYSTORE! Carmen necesitaba alguien que la escuchara porque los ronquidos de Andrés ahogaban todo sonido o pensamiento, hasta a ella. La app se anunciaba como una aplicación para el bienestar. Prometía eliminar el estrés y fomentar el amor propio mediante la escucha activa por parte de personal especializado que guardaba absoluta confidencialidad. Seguro era uno de esos servicios de coaching maravillosos que dan una prueba gratuita y luego te cobran miles de pesos al mes. ¿Qué puede pasar? Si le cobran y le hacen gastar mucho dinero, desinstala la app y listo. Todo fuera como eso.

Ramiro estaba a punto de dormirse cuando sonó el iPhone del trabajo. Alguien había descargado la aplicación y solicitado la prueba de treinta días sin costo. Se encerró en su estudio y trató de no despertar a nadie. Las cosas estaban siendo muy difíciles para él económicamente, por eso había conseguido este trabajo ocasional como creador de contenido. Listen: aplicación activa de escucha y bienestar era un lugar virtual donde, varios sujetos como él, escuchaban a desconocidos y los acompañaban durante distintos procesos de carácter emocional; se aclaraba al principio que no sustituía ningún tratamiento psicológico, y muchas veces, las conversaciones se solucionaban con un directorio de profesionales en salud mental que le daban comisión por cada paciente que mandaba. Era algo fácil y sólo tenía que escuchar o leer cuitas ajenas, según lo pidiera el cliente. Se sirvió un güisqui y empezó a interactuar con su interlocutora: C. Almazán. Ama de casa. Cuarenta años. Sin hijos. Despierta a la una de la mañana. El problema seguro era el marido.

Carmen empezó a escribirle a R.M, el escucha que la app le había asignado. No quería hablar de Andrés, no quería hablar del trabajo o de la vecina que robaba sus pinzas y tangas bonitas; quería hablar de algo que no le causara daño, pero no sabía de qué.

Ramiro se quedó sorprendido. Sabía que la conversación no podía subir de tono porque ponía en riesgo su permanencia en el trabajo y eso no le convenía. No ahora que debía pagar la pensión por alimentos a su exesposa y buscar dónde vivir para dejar la casa materna. Mandó los formatos a Carmen, le indicó cómo firmarlos y espero su llegada. También aclaró que las fotos intercambiadas no deberían mostrar partes del cuerpo humano para no vulnerarla y que, si deseaba mostrar lencería, esta no debería estar puesta.

“Así qué chiste” pensó Carmen, río para sí y aceptó las condiciones. No pensaba intercambiar fotos eróticas con un extraño, sólo no le gustaba sentirse limitada y firmaría lo que hubiera que firmar para protegerse ella y a otros. Es más, tenía años que no estrenaba lencería y los pocos calzones sexys que usaba, se los robaba la vecina del tendedero. No sabía de qué hablar sin involucrarse ni como romper el hielo.

Sí, el problema era el marido. ¿Él había sido buen marido? ¿Le preguntó a Esther, alguna vez, si un colibrí pasaba por la ventana? No se acordaba. Ramiro bebió más güisqui y le preguntó a Carmen si quería hablar de la situación con su esposo. Ella respondió que no. Que sólo quería compartir lo del colibrí porque se le hacía raro que en un segundo piso donde no había plantas polinizadoras cerca, se posara seguido uno. También le contó de que, dicen, los colibrís te traen un mensaje de los muertos y ella tenía un muerto especial. Le llenaba el alma saber que se hacía presente. Ramiro sonrío, aunque nadie lo veía tras la pantalla.

Carmen sentía que se estaba exponiendo, más lo disfrutó porque era algo que necesitaba contarle a alguien, dejarlo volar. Le envío una foto a Ramiro de un Yoda robótico que tenía en el comedor. Hablaron de Star Wars y los idiomas incomprensibles de algunas creaturas y cómo estos lograban entenderse en las películas a través de los demás personajes. Hablaron de Star Trek y del idioma Klingon. Ramiro escribió en Klingon: tlhIngan Hol Dajatlh’a’ y ella respondió: Heghlu’meH QaQ jajvam. Aunque los ronquidos de Andrés seguían inundando la casa, ella no los escuchaba más. No los ignoraba, simplemente, ya no los oía.

Ramiro dejó el iPhone del trabajo cargando, y con una sonrisa, llegó a su cuarto. Quiso escribirle a Esther para preguntarle cómo estaba. Hablaban diario y siempre era por la pensión. Dejó pronto la idea ¿para qué? Había estado cómodo con C. pero eso no alteraba la realidad.

Carmen se acostó al lado de Andrés envuelta en su ruidosa orquesta. Volvía a escuchar los ronquidos y se aferró a conciliar pronto el sueño. Seguro, Andrés ni siquiera había notado que pasó casi toda la noche durmiendo solo. Ni le importaría el por qué.

A veces tocar la esperanza no es tan sencillo.

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