La palabra es un puente


Sergio Vargas

La palabra es un puente. Un brazo que se estira para alcanzar a otros, para acercarnos, para no dejarnos solos en los estruendosos silencios de las ciudades. Y de eso se trata todo, de crear puentes que parten desde nosotros hacia los demás y viceversa; como el puente que tu esposa tiende cuando te pregunta al verse después de la oficina ¿Cómo te fue hoy?, el de tu hijo cuando le dices a la puerta de la escuela te quiero, pórtate bien y te contesta en esa pequeña rutina que sí, papá, inclusive el del señor de la tienda que te cuenta que iba a ser boxeador pero se chingó la rodilla mientras te despacha el huevo y el jamón para el almuerzo; andamos todo el tiempo estirando los brazos a través de la palabra, tratando de alcanzarnos. A causa de esto caí en la cuenta de que esta columna podría llevar el nombre de “La Sinalefa” les cuento; la sinalefa es una figura retórica de transformación, que a su vez pertenece al eje de las figuras de dicción, éstas consisten en alterar la escritura o la pronunciación de las palabras sin alterar su significado, en su caso particular, la sinalefa nos permite nombrar la unión entre dos palabras, en donde mientras una termina con una vocal, la siguiente inicia con otra, de esta manera la última sílaba de la primer palabra y la primera de la segunda se unen al momento de pronunciarlas, creando un puente. Pero hay otras curiosidades acerca de la sinalefa; a la hora de escribir, el usar este recurso -como cualquier otro- es una elección algunas veces, y otras tantas simplemente sucede, te das cuenta al releer algún verso recién escrito, que ha pasado, sin darte cuenta algunas vocales de la línea se han unido y eso me resulta también muy parecido a lo que pasa entre las personas, cómo el que la gente se una siempre depende esa lucha entre la elección y el azar; pasa que mientras muchas de las veces elegimos con quién tender y de quién recibir algún puente, otras tantas simplemente sucede y antes de notarlo ya hemos cruzado fronteras en pláticas interminables con interlocutores desconocidos que desde ese momento serán parte de nuestras vidas. Historias maravillosas, destellos de pasados que al contarlos se transmiten con ese resplandor crepuscular de los recuerdos, permitir tender un puente es también permitir llenarnos de la luz de los demás.

Recuerdo que descubrí esto a partir de las historias que me contaba mi abuelo, obrero, hijo de un panadero del municipio de El Oro, Estado de México, con el que pasé mi infancia tomado de su mano y de sus palabras, me contaba cómo se enamoró de mi abuela, hija de un hacendado que naturalmente -por el orden de lo económico- no lo aceptaba pues era de origen humilde, su idilio, la aventura de cómo se escaparon a Toluca para casarse y algunas de las peripecias que tuvieron que vivir en la familia, luchando contra las circunstancias, llevando en el pecho el amor de mi abuela como un relicario, que al abrirlo le daba las fuerzas necesarias para continuar la jornada; pero probablemente la historia que más recuerdo fue aquella del asesinato de su padre; mi abuelo me contaba que su padre era de los pocos panaderos en el pueblo en hacer pan fino y no solo gozaba del respeto y el reconocimiento de los clientes, también llevaba a la espalda la envidia de un par de compañeros de trabajo, lo que desencadenó que una mañana de labores después de una disputa, uno de ellos lo apuñalara en el brazo, la puñalada fue profunda -remarcaba mi abuelo- y la coyuntura de las circunstancias de un servicio médico que tardó demasiado en llegar y la gravedad de la herida no ayudaron en nada, para cuando habían avisado a su madre -mi bisabuela- y lograron llegar al hospital no quedaba mucho por hacer, esas mismas circunstancias que pusieron a mi abuelo en un lugar donde paralizado, presenció el ritual completo de la partida de su padre, también hicieron que en medio de la vorágine de gasas y suturas nadie reparara en ese niño de seis años que nunca pudo volver a mirar sangre sin apuntar hacia el desmayo. Mi abuelo logró tender un puente conmigo donde cabía toda su vida y me enseñó a recibirlo y a descifrar la forma en como cruzarlo, aún ahora que el no está más por acá, a veces vuelvo al puente que construimos con risas y confianza para descubrir los secretos que aún le habitan y que solo se descubren al volver los pasos.

La palabra está viva y revolotea por encima de nuestras cabezas esperando la oportunidad de conocer a las otras palabras revoloteando en las cabezas de los demás, generar encuentros fortuitos que culminen con una amistad larga y aguerrida, con un amor que se escondía en las sombras de la timidez o el encuentro de un maestro especializado en esta larga carrera que es la vida, incontables encuentros, tengo el hábito de tender puentes y recibirlos indiscriminadamente; eso me ha llevado a pensar que inclusive uno puede tender puentes a partir de la palabra en espacios y tiempos diferentes, he ahí otro de los milagros del lenguaje. Hace unos días acudimos -mi esposa y yo- acompañados de otra pareja de amigos a un concierto de Jorge Drexler en el teatro Metropolitan, para quien lo conozca, sobra decir que el despliegue de sensibilidad, calidad musical y literaria de Drexler es impresionante; para quien no lo conozca, lo invito a hacerlo, está al alcance de un clic; en varios momentos del recital miraba hacia atrás y me encontraba con una multitud que, expectante y minuciosa notaba cualquier pase mágico en el desfilar de las canciones y reaccionaba, todos lo hacían a su manera pero lo que nos unía eran los mensajes, a ratos imaginaba a cuantos como yo les erizaba la piel escuchar “Asilo” -que por cierto cantó a dueto con Mon Laferte y “Horas” con David Aguilar- a cuantos más se les desbordaron los ojos con “12 segundos de oscuridad” o cuantos Sabineros quedamos afónicos después de escucharle:

…y aunque sé bien que, con tu empaque de Alatriste te da pudor la confesión de borrachera, creo que bien sabes que el regalo que me hiciste me cambió la vida entera.

De la canción “Pongamos que hablo de Martínez”. Nuestras vidas también cambiaban en ese momento, con palabras que organizadas en ese orden específico fueron dichas por primera vez hace quién sabe cuanto y quién sabe dónde, palabras que conocimos en distinto tiempo y nos habían congregado para repetirlas ese día como si fueran un himno personal, una declaración de principios multitudinaria con miles de puentes tendidos hacía el tipo en el escenario que a su vez tendió un puente en particular para cada uno de nosotros, lo quisiera o no. Vamos a los conciertos para repetir esas palabras que hemos hecho nuestras, que hemos tomado como banderas personales para salir a la calle y enfrentar al mundo, porque hay otro tipo de puentes que construye la palabra y esos corren de nuestros temores hacia nuestra valentía, del corazón a la cabeza, del deseo a la realidad, estos puentes nos ayudan a descifrar el camino hacia la mejor versión de nosotros mismos y están en las canciones, en los libros, en donde haya palabras y tal vez si el tiempo es bueno y el clima favorece en columnas como ésta.

La palabra nos acompaña y está ahí quietecita, esperando a que la nombren, a que sea su turno de salir a jugar en nuestras bocas y apuntalar mensajes que salvarán vidas -y otros que las destruirán- discursos que exaltarán a las masas o frases que nos llenarán de calor el pecho como cuando tu abuela a tus treinta y tantos todavía te llama por el diminutivo de tu nombre –Sergito, ven a comer a la casa– porque uno también se reconoce en las palabras, se llena de esperanza, de tristeza, de júbilo, de melancolía, uno se llena hasta que se desborda y luego se vacía y es el ciclo infinito de sentir a través del lenguaje, de renacer a través del lenguaje, de comunicarnos, de borrar fronteras, de educar el pensamiento, de compartir nuestras realidades, de formar un legado, de trascender en el tiempo, de abonar al vestigio del primer hombre que nombró a la palabra dándole alas, volviéndola eterna y al final de los días la palabra nos devuelve las alas al convertirnos en un punto suspensivo más de la historia de la humanidad.

La palabra es el arma más poderosa que poseemos y por ello hay que ser cuidadosos en usarla, en entender sus alcances, cuidarnos a través de ella, convertirla en refugio, en hogar, unirnos a través de la palabra y es eso lo que propongo al lector en estas líneas, un puente a través del cual podamos construirnos en ambos sentidos, que crucemos las fronteras del papel, de la virtualidad y nos encontremos en el mismo sitio, tendiendo un puente, nombrando la palabra.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *