Inicio Destacado La importancia política del silencio

La importancia política del silencio

95
0

Por: Antonio López López

Pocas veces reparamos en la importancia que tiene el silencio en nuestra vida, como si su ausencia no fuera una de las causas que nos vuelven locos, particularmente para quienes vivimos en las ciudades, donde cada ruido se va apilando como carga en nuestra espalda. Ni bien ponemos un pie fuera de casa y la batalla de ruidos comienza: camiones que no deberían circular por su avanzado deterioro empiezan a arruinar el día con su escándalo; después, los gritos de los automovilistas histéricos o sus horrendos cláxones; si me acerco al centro de la ciudad el horror son las bocinas de los comercios que se disputan algunos clientes, como si la mercancía no fuera la base de su competencia; es ahí donde me pongo al lado del filósofo rumano Emil Cioran y suscribo eso de que la calle es una parodia perfecta del infierno.

El silencio también es fundamental para transmitir emociones. Como una escena de cine de terror en donde uno de los personajes está en peligro, la música suena generando en el espectador incertidumbre, extrañeza, curiosidad, azoro, y de pronto, llega el momento en que la música deja de sonar y aparece un silencio aterrador; es justo ese momento donde sabemos que algo ha ocurrido con ese personaje que cayó en las manos del ser terrible que pondrá fin a su vida o cuando menos la amenazará. Tan son capaces de transmitir emociones que todos hemos padecido algún silencio incómodo; y que cada quien se acuerde del suyo y piense qué sintió.

Y si poco nos cuestionamos sobre esto, menos lo hacemos con el uso político que tiene el silencio. Para quien ejerce el poder, el silencio de los subordinados es condición necesaria; de hecho, el silencio jugó un papel importante en la consolidación de los regímenes autoritarios. En ellos, la disidencia de un texto, un comentario o una protesta era señal inadmisible de traición a las causas morales que el líder pretendía enarbolar y llevar a toda la sociedad, la respuesta era silenciarlos, en muchos casos, a costa de la vida misma, baste como ejemplo aquella sentencia: “mátalos en caliente”. 

Hoy, la democracia ha permitido que los ciudadanos inconformes tengan mayor libertar para hablar e iniciar una discusión pública, sin embargo, los políticos no han terminado de aceptar ese derecho y han encontrado formas de silenciar al ciudadano, primero, al cooptar a los medios de comunicación que se han convertido en una especie de megáfono de las causas de partidos y gobiernos, dejando de lado las discusiones que en verdad atañen al bienestar público. Sólo algunos académicos e intelectuales privilegiados han podido romper con esa dinámica y dar voz a quienes no la tienen.

Pero el periodismo no sólo ha sido amenazado por los políticos; en México, la cifra de periodistas asesinados a causa de sus investigaciones aumenta cada año, y cifras de organizaciones como “Artículo 19” señalan que se debe a que denunciaban actos de la delincuencia organizada. Sin periodismo crítico y de investigación los ciudadanos estamos en la indefensión total, estamos a merced del poder, de ahí que se busque el silencio asesinando periodistas.

Otra de las ventajas para el debate en las democracias, es que existen las redes sociales, espacios virtuales que también permiten que los ciudadanos abandonen el silencio político y se sumen a causas sociales legítimas y justas, sin embargo, el silencio también pretende invadirlas, no son pocas las personas que al emitir un comentario crítico contra alguna decisión del gobierno en turno se enfrentan a una horda de “bots” cuyo fin es silenciar la cuenta, callar al ciudadano crítico. Habrá quien diga lo contrario, que en las redes sociales la protesta se silencia por el exceso de “ruido”; ya Byung-Chul Han ha explorado ese camino y también tiene razón, la gran cantidad de “conversaciones” impide que se le dé un peso importante a cualquier tema, incluso a los más relevantes que se convierten en trending topic.

En las ciudades, las paredes se han utilizado como megáfono, las bardas gritan consignas de movimientos sociales que exigen justicia, un cambio de gobierno, mejor salud, educación de calidad o simplemente visibilizan sectores que se han mantenido lejos de las políticas públicas, como el juvenil; sin embargo, para los gobiernos es molesto que la sociedad –a la que por cierto se deben–, exija dignidad, de ahí la criminalización a las líneas en las paredes; para evitarlo, decidieron englobar todo bajo la prohibición al grafiti; esa persecución encubre un tema de fondo, evitar que las bardas sirvan de amplificador de la protesta, el tema de fondo no es proteger monumentos como lo han señalado, sino silenciar.  

Ahora bien, si el poder ha utilizado el silencio como arma política, también la resistencia, es como si entendieran que el silencio es tan importante como el sonido. Uno de los ejemplos más claros que tenemos en las democracias es el abstencionismo en las urnas. Para muchos se trata de una ausencia de responsabilidad cívica, pero no lo creo así, el no acudir a depositar un voto también tiene un fin político, también se trata de protestar sin demasiado escándalo. Para muchas personas, no importa por quien se vote, siempre ganan los mismos, y tienen razón, no se trata de negar la alternancia de siglas en el ejercicio del poder, se trata de que al final, para los ciudadanos, los políticos de todos los partidos son la misma clase de personas, gente en la que hay una ausencia notoria de bien: la política es para los malos; los ciudadanos que tienen principios y conocen de rectitud no se involucrarían en desvíos de recursos, invención de empresas fantasmas, en compras indebidas, en lujos innecesarios; en conclusión, como diría Xavier Velasco, no entenderían la solidaridad como una extensión de complicidad. En ese sentido, el silencioso abstencionismo ha logrado restar legitimidad a las elecciones y en consecuencia se han buscado mecanismos que permitan que las instituciones funcionen sea quien sea su titular. Esa protesta empieza a generar resultados.

Por otro lado, han aumentado las protestas masivas silenciosas. Miles de personas salen a las calles vestidas de blanco y sus ropas son las que llevan pintadas las consignas, mayor seguridad, justicia, etcétera. El silencio como arma para fomentar el debate sobre las condiciones que un país necesita, como señal de que hay demasiado ruido en el debate público, y particularmente entre la clase política, cuya mediocridad es cada día más estridente.

Esas protestas nos obligan a pensar que, como señala el filósofo Slavoj Zizek, a veces actuamos demasiado rápido, y es necesario pensar, así, ese acto se convierte en una protesta en sí misma, de ahí su consigna “no actúes, sólo piensa”. Y sólo en el silencio se piensa con claridad, por ello me muestro a favor de estas manifestaciones, que claman a las autoridades para que piensen y no actúen sólo por la inercia que tiene un modelo económico imperante, o van a decir que alguien reflexionó con seriedad las consecuencias del llamado “Plan Mérida”, ese proyecto norteamericano que marca un punto de inflexión en la política de drogas de nuestro país y en consecuencia, marca el inicio del aumento en la violencia y en la crueldad de los enfrentamientos entre Estado y delincuentes y entre ellos mismos. Si lo hicieron, entonces aceptaron el absurdo, privilegiaron la economía sobre las vidas humanas.

Así vemos que el silencio no es inocente ni ajeno a la vida política de un país, por ello es necesario ubicar cuál es su fin; si es el poder el que lo busca, estamos obligados a preguntar por qué, a preguntar fuerte, con un grito que se haga escuchar por todos; en cambio, si el silencio es producto de la sociedad, es menester que reflexionemos qué nos quiere decir, que pensemos antes de actuar, pensar como consecuencia de ese silencio que promueve la protesta.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí