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Por: Jarumi Mejía

¿Te he contado alguna vez acerca de esa escena? ¿No? Sí, la escena de la piscina en Leaving Las Vegas. Seguro que te he contado, sólo que no me has puesto la atención necesaria, como siempre. No, no es reclamo. Es afirmación. Verás, me encanta esa escena. Desde que quedan abrazados mirando el televisor a un lado de la alberca. Ella, Elizabeth Shue, con su vestido rojo y él, Nicolas Cage, con la mirada perdida en la pantalla azul descontinuada. Después la cámara se enfoca en el cielo del atardecer, morado y azul grisáceo, en la sombra de los árboles, en las luces neón de los anuncios de hotel; en esa calma aparente que no puede durar mucho, que se va a romper. Suena Angel eyes. Cuando veo ese momento quisiera ser como los niños pequeños y taparme los ojos para no ver el resto de la película. Congelar en mi mente ese instante y vivir en él para siempre. Quisiera que ellos se quedaran en el momento por toda la eternidad, pero no. Luego viene aquel placebo que te hace enfrentar lo demás. Sí, Lula, sí. La vida la continuamos a base de placebos. Somos como miserables perros de Pávlov que aguantamos todo lo que se viene por la promesa, por la motivación, por esa compensación efímera y tramposa de que vendrá algo mejor. Nunca llega. No estoy exagerando. No se puede vivir en los instantes. ¿Cuándo fue la primera vez que te moriste? La primera vez que pensaste que ya no tendrías fuerza para caminar al día siguiente, que no tendrías cara para ver a los que te rodean, que no tendrías el valor. Exacto. ¿Qué te motivó a levantarte, a ver un nuevo día, a no cortarte las venas o volarte el hueso parietal? Seguro fue la promesa de que todo pasaría, de que hay alguna razón escondida en lo que hacemos y que, si no termina bien, no es el final. Tonterías. Somos simios esperando un milagro que no llega y en la espera se nos va la vida, como en la pinche obra esa de Godot. Sí, Lula, sí, ya me fui por otro lado. Bueno, retomo. Después de perdernos en el atardecer hay un corte, acto seguido, sale Nicolas Cage con cerveza en mano y tras hablar con la belleza que tiene al lado, se pone en pie y se tira a la alberca. Ajá. ¿Ves como sí te había contado? Elisabeth Shue también se echa un clavado y le quita la botella de la boca, porque tomar cerveza bajo el agua es algo por lo que debieron darle un Óscar al Cage, pegándole uno de esos besos que tú conoces muy bien. Ese beso, tan lleno de azul clorado. Tan desesperado y decadente. Tan “esto no puede salir bien de ninguna manera”. ¡Qué escena! Luego continúa y ella está nadando sola con ese traje de baño negro completo de espalda descubierta. Siempre tienes que denostar a quien te provoca celos ¿verdad? ¡Qué persona más infantil eres! Recuerdo cuando la hermana de Arturo, tu fuckboy de la universidad, se acercaba a mí para hablar de cine, sólo para hablar de cine; de fea no la bajabas y eso que solo hablábamos. Tú te estabas cogiendo a su hermano y nunca te dijo nada. ¡Todas son feas, gordas, bobas, menos Lula superstar! Ya, no hagas berrinche, no tienes cinco años. La Shue no parece una ballena en ese traje. Se ve deliciosa, para tragársela entera. ¿Ya te acordaste de lo que sigue? ¡Ajá, el whisky! Cage con una botella de whisky y dos vasos se echa en el camastro; luego viene aquella delicia rubia y se le monta empinándose la botella completa. ¡Oh, boy! El alcohol resbalando de la boca por su brazo, su mano y llega en gotas, mezcladas con piel y cloro, a la boca de aquel hombre suicida. ¡Bang! Después se despoja de los tirantes del traje y muestra sus senos, tan parecidos a los tuyos; pequeños, de pezones rosas, como dos guayabas. ¿De qué te ríes? Las guayabas te invitan a comerlas desde el olor, luego la vista. No sabes el deseo que me causa pensar en tu cuerpo como en una guayaba. Imagínate todo eso bañado en una cascada de whisky y alguien que juró dejarse matar por el alcohol. ¡Carajo! ¡Qué sugerente! La avidez con la que le come el pecho. Ella le dice que vayan adentro. El espectador piensa que después de todo esto sigue la culminación del deseo, el coito esperado, está ansioso porque eso pase. Placebo. Placebos y más placebos. Ella lo ayuda a pararse, porque no olvidemos que es un ebrio con el que está y en eso, mientras se tambalea, Nicolas Cage cae sobre la mesa de vidrio. Elisabeth se preocupa, pero él hace bromas y cuando logra ponerse en pie de nuevo, vemos su espalda ensangrentada. Nada pasa ya esa noche. Es otro fracaso. Otra historia perfecta que se va al demonio. Exacto, Lula. Es igual que el pinche beso que lanza Vincent Vega al aire. Ese “pudo ser fantástico, pero se jodió. Todo se jodió”. No lo sé, no me gustan los cuentos de hadas, pero siempre he pensado que al menos una vez en la vida el perdedor debe pasarla bien. Tal vez porque siempre me identifico con el wey que rompe las mesas o la morra que se da un mal pasón y se quedan sin coger, pero con una buena historia. Ya sé que no me faltan coitos, Lula, pero nuestra historia no es buena y bien sabes que no tiene final feliz para nadie. En fin, es mejor que durmamos. Mamá está despierta y no quiero que se quede afuera del cuarto toda la noche. Descansa, Si puedes.

La mujer se fue a su cuarto segundos después de que la habitación del hijo se quedó en silencio. Miró al techo como si de ahí viniera la respuesta a qué fue lo que hizo mal y qué debía hacer ahora. Tomó su celular y marcó el número al que llamaba diario cada que Gabriel se dormía.

  • Buenas noches, Susana. ¿Cómo están?
  • Hola, Ricardo. Igual que todos los días.  Ya se durmió. Hablando de cine y abrazando la chamarra que era de Lula. 
  • ¿Tomó su medicamento?
  •  Sí. Sin ningún problema.
  • No suenas tranquila.
  •  Ricardo, cada día me siento más desesperada. No lo entiendo. Aún no me queda claro qué pasó. Lo quiero sacar de aquí, del país, que todos estemos lejos; pero su papá insiste que no es conveniente, que Gabriel sólo está trastornado, que no es un criminal, que a lo mejor fue testigo de la atrocidad que hicieron con su novia y necesita nuestro apoyo y vigilancia. No sé cómo apoyarlo.
  • ¿A qué te refieres con “a lo mejor”? ¿Tú piensas que Gabriel es un criminal, Susana?
  • ¡No!…No lo sé. 
  • ¿Cómo que no lo sabes? ¿Qué te hace dudar?
  •  Ya encontraron a Lula. ¿Supiste?
  • Sí. Fue devorada. 
  • Mordidas humanas y de animal. Gabriel la amaba, pero es muy excéntrico y su comportamiento siempre me ha parecido difícil de entender. Las cosas que dice. Lo que hace desde siempre. Todo me da qué pensar. Aunque, Lula era su luz y definitivamente hay algo que lo agobia, pero no recuerda nada. ¿Cómo olvidar algo así?
  • ¿Su amnesia te hace dudar? ¿Crees que Gabriel fue capaz?
  • Lo he escuchado decir tantas cosas, pero es mi hijo y…no, no lo creo capaz.
  • No pienses de más, Susana. Deja que el tratamiento avance ¿Aún tienes recetas? Te voy a mandar pastillas para que te ayuden a mantener la calma y que Gabriel siga con el tratamiento. Mañana hablamos otra vez, cuando se duerma.
  • Está bien, Ricardo. Gracias y buenas noches. Hasta mañana.
  • Hasta mañana, Susana. Trata de descansar.

Justo al colgar, la mamá de Gabriel escuchó cómo unos pies descalzos corrían en el pasillo. Cuando su hijo tenía cuatro años, esos pasos volviendo a su habitación la llenaban de ternura. Hoy dormiría con doble cerrojo.

****Inspirado en “Should be higher” de Depeche Mode.

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