Inicio Destacado Ensayo: El uso político del odio

Ensayo: El uso político del odio

46
0

Es curioso que nadie se extrañe de la enormidad de ese odio:

¿Qué pensar de ese civilizado que,para estigmatizar a los salvajes,

los odia de una manera tan salvaje?

Chantal Delsol

Por: Antonio López López

No es la primera vez que se posa que ante nuestros ojos la evidencia de que, para los habitantes de cualquier parte del mundo es fácil entregarnos al odio. Basta con que alguien diga una palabra o una frase para que inmediatamente comencemos a sentirnos iracundos. Sucede todo el tiempo, odiamos al conductor que no respeta el semáforo, a las personas que se quejan por el gobierno, a las que lo apoyan sin crítica alguna, odiamos a los extranjeros, también a los connacionales que desde nuestra perspectiva no trabajan para mejorar el país. Basta con que el sujeto que está a nuestro lado nos dé la razón para sentir que nuestro odio es legítimo, ahí comienza el peligro, porque alguien, quien sea, que tenga intereses políticos puede capitalizar y dirigir ese sentimiento para conseguir que se cumplan sus planes personales.

Hannah Arendt[1] lo señaló atinadamente, “probablemente el odio no haya faltado nunca en el mundo”, y la historia del siglo pasado se empeñó en dejar constancia. El recuerdo colectivo más importante que tenemos al respecto, es por mucho el Holocausto, producto del gobierno emanado del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán y Hitler, y es quizá el más evidente por la crueldad y la saña de un movimiento político en contra de un pueblo como el judío.

En fechas recientes, Donald Trump ganó la presidencia de los Estados Unidos llevando discursos de odio contra los extranjeros, los llamó violadores, vividores, traficantes de drogas, armas y personas, además de señalarlos como responsables de la precarización de las condiciones laborales de algunos sectores de la economía norteamericana, y para rematar, indicó que a los Estados Unidos llegaban principalmente malas personas (bad hombres). En el último caso, se ha despertado una violencia que parecía erradicada, no sólo contra los migrantes mexicanos, sino contra afroamericanos que nacieron en ese país, los discursos de odio abrieron la puerta a movimientos racistas que estaban soterrados por su infamia. Lo cual resulta paradójico, pues la política como forma de consenso, devino en su vertiente electoral en una amalgama perversa de legitimidad política y violencia.

Pero ¿en realidad los alemanes odiaban a los judíos o los norteamericanos a los migrantes -principalmente- mexicanos y centroamericanos? Para Timoty Snyder, el nazismo surgió como respuesta a la globalización, y, bajo esa lógica, el discurso de Trump podría ser considerado como una contestación a la desigualdad que ha traído consigo el neoliberalismo, pero también la tecnologización de grandes partes de las cadenas productivas. En ambos casos, los discursos con los que llegaron al poder esos movimientos y muchos otros en la historia son la suma de inconformidades que habitan en nuestra vida cotidiana, ideas que se van sembrando desde medios de comunicación, y ahora en redes sociales.

Siguiendo el argumento, se equivocan aquellos que creen que es una persona o un grupo organizado en forma de partido político los que generan el odio. Decir eso es imaginar una sociedad en la que el diálogo y la convivencia se rompen sólo en procesos electorales. La realidad es mucho más desesperanzadora. El odio convive, como lo señalé en un inicio, con nosotros, está presente en formas que, de tan cotidianas, se nos escabulle frente a los ojos, ¿acaso no hay suficiente odio en el reclamo de un automovilista iracundo quejándose por el tránsito generado por una manifestación, y que sólo busca visibilizar un problema social como estudiantes desaparecidos o que exige derechos como el aborto libre y seguro, o más común, acceso a agua potable? Claro que lo hay, basta realizar una búsqueda en Google bajo las palabras “manifestantes atropellados” para darnos cuenta del tamaño de la barbarie y más peligroso aún resultan las muestras de respaldo al conductor, ya que muestra que más de uno ha tenido en la cabeza la idea de arrojar a una multitud una tonelada de chatarra con tal de poder circular sin inconvenientes.

La actitud del conductor imaginario y de aquellos que lo apoyan es el punto de arranque para gestar una campaña política que utilice el odio. Sería estúpido pedir en medio de un proceso electoral que se atropelle a quienes se manifiestan, entonces, ¿cómo un político utiliza esto?, la respuesta es sencilla, se criminaliza la protesta, se dice que los manifestantes violan derechos incluso constitucionales, y que es necesario regularlos, someterlos al imperio de la ley para que podamos convivir en un clima de civilidad.

Aquí aparece la trampa, el discurso empieza a polarizar a una sociedad en sí misma dividida, por un lado los defensores del libre tránsito motorizado, que, necesariamente lo defenderán porque no han cuestionado su privilegio y aquellos que necesitan hacer visibles problemas cuyo fondo es, en muchos casos, la propia existencia. ¿Quién gana? Tristemente el primer grupo, no sólo porque es apoyado por el discurso político del momento, sino porque las necesidades de los demás se encuentran fragmentadas.

Otra consecuencia subyacente es mayor control y menor exposición de los problemas sociales. Al regular las manifestaciones, se da gusto al grupo de automovilistas, pero a la vez se otorga mayor control al Estado, y no hay mayor tentación para un político que utiliza el odio como discurso que el ejercicio de poder total y mejor aún si está amparado en leyes vigentes, aplicables y con la posibilidad de exigir sanciones a quienes las violen.

De esta forma, se vuelve evidente que los políticos o partidos que utilizan un discurso de odio lo que desean en realidad es la construcción de Babel, en lugar de construir una mejor sociedad, en vez de establecer pisos mínimos para las discusiones nos encierran en el mito y el desprecio al otro, en la imposibilidad de establecer un diálogo porque simplemente no interesa, pero ¿por qué los aceptamos tan fácil, sin dar la pelea? Porque esos discursos están diseñados para justificar nuestros posicionamientos cargados de racismos, lugares comunes y prejuicios. Están direccionados al ejercicio del poder desde el autoritarismo y no desde la democracia.

De ahí que sea tan importante escuchar a nuestros políticos, ver desde dónde nos quieren convencer de votarles. Eso significa que el individuo tiene que volver a politizarse, revisar cuáles son las propuestas de campaña pero sobre todo cómo se plantean, cómo se encubren los deseos de un individuo de ejercer el poder soberano que se le otorga a través del voto. Escuchar cada palabra que dicen nuestros candidatos a representantes populares nos obligará a entender que el sufragio en muchos casos es más que una decisión individual, es un tema que nos sobrepasa como individuos. Darle el poder una persona con intereses fascistas nos llevará inexorablemente a pagar las consecuencias. Como señala Houria Bouteldja[2], la paz tiene un precio que debemos estar dispuestos a pagar. Siguiendo su lógica, evitar que nos gobierne el odio también tiene un costo ¿cuál es el precio que debemos pagar? Politizarnos de nuevo, participar y entender que la política es el espacio de disertación más importante y que sólo estando ahí podremos evitar quedar a la mitad del fuego cruzado entre quienes odian y los que se defienden. En política, la mayor ingenuidad que cometemos es pensar que somos neutrales.


[1] Citado por Hans Magnus Enzensberger “Ensayo sobre las discordias”, pp. 101

[2] Bouteldja, Houria (2017). Los blancos, los judíos y nosotros. Hacia una política del amor revolucionario. México. Akal

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí