Inicio La rockola EN CAMBIO, SI TÚ ME CANTAS

EN CAMBIO, SI TÚ ME CANTAS

59
0

¡Qué gris está la papaya, Mari, yolotzintli! La miel de la piña me sabe a terrario.

Ese rostro que era único y a la vez el rostro de cualquiera. Ese que era todos los Arcadios del mundo. Los generales sin respuesta y la suma de los muertos que le pintan las huellas. El semblante, la sonrisa y las manos se abrieron en los sueños de Carmen para decir que el olvido sabe a tierra, que la soledad inmensa de los que no vuelven tiene gusto a polvo y no a patria.

Carmen se levantó de la cama y regó con el fruto de sus pesadillas todo el camino hasta el baño. Los ronquidos de Arturo llenaban la pieza y afuera era paz. El interior turbio.

Después de echarse un poco de agua en el rostro, se dirigió a la cocina y abrió las puertas de la alacena. Sacó la urna azul que descansaba junto a las latas de atún. La observó largo rato y colocándola sobre la mesa, fue a calentar agua para disolver el grumoso contenido y sus pesares. Mientras hervía, miró la barra de la cocina notando que su celular no dejaba de vibrar. Ciento dos llamadas perdidas desde las seis de la tarde. Ciento dos. Desvió la vista como pensando “y las que faltan”. Concentró todo su ser como si la ebullición la redimiera en un acto de alquimia.

“¡Qué guapa estás!”. Amplia sonrisa y ojos chiquitos. Ni todo el frío del mundo le pudo descobijar el corazón esa tarde. Ni todo el desamparo le robaría la postrera mirada. ¿Qué le puede quitar que no se haya ido antes? ¿Cómo borrar lo que no eliminó la edad, el descuido y la desmemoria? El primer paso para lo eterno es morirse.

 Nadie nunca sabe cuándo es el instante definitivo, cuando viene el corte de la estructura aristotélica, cae la cortina del primer acto, cuándo sale la pistola y, mucho menos, en qué momento va a disparar. Tanto tiempo, años, hablando de Chéjov, del Mcguffin, de la senda del héroe, los treinta minutos, la premisa, enganchar al espectador. El gancho. Esa escena después de la cual ya no puedes moverte, ya no quieres hacerlo hasta ver cómo termina todo. Tantos años de saber leer personas, de adivinar finales, y Carmen no lo vio venir, nadie le dijo, no supo qué página seguía. ¿Cómo podría?

Ese día tenía que ir a la iglesia, pero llovió. Iría a rezar por otro muerto. Ya no fue, se le atravesó el mundo y las ganas de que alguien le alborotara la vida para pasar el rato. Sólo un rato. Carmen habló de tiburones, personajes, tramas y se quedó mirando el reflejo de los algodones de azúcar en los charcos de la plaza. Habló con una desconocida. Se compró unos esquites. Cuando llegó la noche reía con Arturo de cualquier cosa y la noticia llegó.

                Quién sabe qué tiene junio, llorona.

                 Hay hambre en el camposanto.

Se sentó frente aquella taza que recibió en su primer año de casada. El vapor le golpeaba el rostro. “¡Qué gris está la papaya!” había dicho. “Mari, corazoncito. Mari, mi corazoncito. Yolotzintli.” Más que su rostro, lo que no la dejaba dormir era verlo fundido en un mundo donde la fruta no tiene color, donde la miel es polvo, donde llamas a tu hija y la que te escucha es la  que no supo lo que iba a pasar tras años de estudiar cómo terminan las historias. La que no vio las señales. Abrió la urna azul para verter y disolver dos cucharadas de su contenido en el líquido caliente que se pintó de negro. Negro como los telones que caen en el cine tras finalizar un acto, como los parpadeos, como el sueño pesado de Arturo que lo libra de todo mal, del sonido de su celular, la conciencia y sus ronquidos. Negro como la chingada.

Ciento veinte. Ciento veintidós. ¿Para qué tienes un celular si no vas a contestarlo?

Luego de ese día vinieron los otros. Los eternos. Los días sin gravedad, sin ton ni son, los días sin madre ni parientes. Vino el velorio. Vinieron las tías a decir que se diera una vuelta por la casa, que fuera más seguido. Las fotos robadas y las loas dirigidas al muerto cuando la distancia le impide escucharlas. Las decisiones. Carmen viendo todo desde el palco. Adivinando la hipótesis, el nudo dramático, el primer acto y el desenlace. Carmen con la vida a cuestas como ofrenda y testimonio.

Yolotzintli. Él no sabía Nahuatl.

Una segunda taza. Otra cucharada del recipiente azul. Ciento cincuenta. Ciento cincuenta y dos. “Si le urge que venga ¿no?” pensó. Se acercó al refri y cortó un pedazo de panqué de jengibre con crema de limón para acompañar su bebida y el insomnio. Otra cucharada menos.

No lloró. Ni cantó la Zandunga. No fue a terapia. Se le cayó el celular a la taza del baño en una fiesta infantil. Llevó el brassiere y su contenido a plena vista en una reunión con la familia de Arturo. Sonrío. Se metió al agua. Siguió hablando de premisas. No le dio la vida y entendió que cuando la tía Chofi murió, Jaime Sabines, con toda su poesía, tampoco vio venir nada.  “Al menos Jaime hizo el amor” reflexionó. El que iba a alborotarle la vida terminó por alborotársela a otra. Olvidó con cuál canción debía llenar el hueco, calmar los nervios de ese encuentro onírico que la tenía en su sala a las cuatro de la mañana, buscando significado a lo que solo descansa en el cosmos.

Ciento sesenta.

Carmen esperó a la llamada ciento setenta y tres para contestar el teléfono.

–Llevo todo el pinche día buscándote—la voz era de Ramiro, su primo. Señor todopoderoso y autoproclamado nuevo patriarca familiar—me dijeron los de San Pedro que fuiste en la mañana a visitar a…

–Fui a ver mármol, Ramiro. Mármol y tierra. Hierbas secas. Antes fueron rosas. No había nadie a quién visitar.

–¿Qué mármol? ¿Cuáles hierbas? ¿De qué me hablas? No te hagas pendeja. Te estoy hablando del abuelo ¿Qué hiciste con él?

–Quererlo y mucho. Aprender. Guardarlo siempre y llevarlo conmigo.

— ¿Quererlo? ¡Si ni ibas a verlo, Carmela! No me vengas con estupideces.

–Tú eres el que habla estupideces, Ramiro—tranquilamente se sirvió otra cucharada de la urna azul pero esta vez la untó sobre el panqué a modo de aderezo. —no sé a qué te refieres, ni por qué tu insistencia al teléfono. Allí no había nadie, solo tierra.

–Mira, Carmen—dijo el hombre fingiendo una calma que estaba lejos de sentir—trae mañana las cenizas. Se las das a tu mamá. Que ella las lleve a la cripta y nos olvidamos de esto.

–¿Esto? Para ti siempre fue “esto” ¿Verdad? . Él para ti se reduce a “esto”.

— Llevo diez horas llamándote. No tengo ni tiempo ni ganas de escucharte. Sólo trae las cenizas y…y… ¡Bórrate!

–No puedo llevarlas. Me las estoy comiendo.

–¡Pinche vieja loca! No estoy jugando. Se hace lo que yo digo y te chingas. ¿Me oíste?

Cocinar es un acto de amor. Procuramos que los mejores ingredientes formen parte del deleite de los que amamos. Elegimos la receta, la seguimos al pie de la letra para que nada falle, le ponemos un toque propio. Si cocinar es un acto de amor, entonces, comer es un proceso amoroso, devoto, placentero.

Jarumi Mejía

Te quiero, abuelo.

 Jarumi Mejía. Toluca, México. 1987. Narradora en constante aprendizaje y apaga incendios profesional. Comenzó su formación en la Escuela de Escritores del Estado de México “Juana de Asbaje”, continuando la misma de manera autodidacta y tomando talleres literarios con diversos escritores reconocidos. Ha participado desde joven en certámenes de poesía y narrativa en varios formatos, publicando ensayos en “Castálida”, “Noveno Arte” y en secciones culturales de varios periódicos de circulación estatal. Becaria FOCAEM en 2015 en la categoría de cuento. Colaboradora en diversos espacios virtuales para difusión de la lectura. Ha participado en dos ediciones de la FILEM y en las cuatro ediciones de la Feria del Libro de Valle de Bravo con charlas, lecturas de obra y teatro de papel. Desde el 2016 imparte diversos talleres de creación literaria en Valle de Bravo y desde el 2017 tiene el proyecto literario-musical “El curso de los días” con el cantautor toluqueño Sergio Vargas, formando parte en activo del elenco artístico de la Uaemex. Además, en la actualidad es profesora de bachillerato y responsable del área de comunicación social en Espacio Odisea, foro y biblioteca comunitaria en Valle de Bravo, promotora de lectura, instructora de talleres de regularización para niños y mamá. Algunos de sus cuentos se encuentran publicados en la plataforma digital Ipstori, disponible para todos los dispositivos móviles.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí