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El árbol

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Por: Sergio Vargas

Horas y horas, tardes consumidas a fuerza de risas y palabras pasaron a la sombra del imponente cedro blanco que, armado de ramas y follaje, se levanta en la cima del cerrito que separa las casas de Flor y de José Luis. Ambos vivían en Santa Clara, un pequeño pueblo entre Jocotitlán y Los Reyes, fui testigo de la niñez de ambos y de cómo sus juegos se convirtieron en caricias que comenzaban a tejer el hilo del tiempo entre sus manos; hasta que la vida hizo lo suyo.  

—¡Sí entré!

—¡Yo también!

Un largo silencio hubo, antes de preguntar lo inevitable.

—¿Y ahora cómo le vamos a hacer para vernos?

—No sé, pero seguro encontramos alguna manera, las escuelas no están tan lejos.

—¿Cómo no, José Luis? Tú te vas a Michoacán y yo a Coahuila, están de lado a lado.

—Pero no es como si estuvieran en otro continente.

—Siempre todo se te hace fácil.

—Mira, Flor, es muy sencillo, los que aman se desean, los que se desean luchan, los que luchan se encuentran; por lo tanto, los que se aman se encuentran.

Flor reía incrédula.

—¿Y qué? ¿Nomás porque te quiero, mágicamente las distancias van a desaparecer, el mapa se va a hacer chiquito y nos vamos a tocar si estiramos el brazo? ¡Ay, Pepito! siempre has sido un soñador, a ver si ya se te va quitando, ya no somos unos niños como para andar creyéndonos esos cuentos.

—Quien sabe, nunca digas “de esa agua no he de beber”; yo creo que vamos a hacernos viejos juntos, aquí, en este mismo árbol nos vamos a sentar cuando estemos todos arrugados y me voy a reír de que nunca me creíste y tú me vas a abrazar y…

—Ya, Pepe, ¿sabes qué? ya me tengo que ir ¿cuándo nos vemos para despedirnos?

—Eso te iba a decir, me voy en la noche, salgo con mi tío Jaime, el hermano de mi papá, me va a echar aventón en su tráiler porque tiene unos conocidos allá en Morelia que me pueden dar hospedaje por un tiempo…

—Ah… entonces prométeme que entrando el verano nos veremos aquí mismo.

—¡Sí! Te lo prometo.

Y esa –sin saberlo– fue la despedida, ambos partieron hacia sus nuevos caminos, hacia un mundo donde todo era grande, nuevo y deslumbrante, tanto que Flor olvidó la fecha acordada porque estaba preparándose para un viaje con sus amigas; en cambio, José Luis pasó la tarde sentado a la sombra del cedro hasta que oscureció, enfurecido apretó el puño estrujando el ramo de girasoles que había recolectado para Flor, acto seguido huyó a su casa con la esperanza partida y el rencor en los labios, se casó tres años después con una linda chica que conoció en la universidad.

José Luis jamás volvió a casa más que en fechas especiales.

Una navidad mientras daba un paseo con su hijo mayor decidió mostrarle el viejo árbol, habían pasado más de diez años desde la última vez que había estado ahí, se sentaron un rato mirando hacia arriba.

—Mira papá, parece que las ramas abrazan al cielo.

José Luis se quedó en silencio y se recostó para apreciar mejor el espectáculo, las nubes se mezclaban con las ramas del cedro en una danza hipnotizante, de algún modo, siempre se halla la calma en las cosas más sencillas… de pronto, escuchó pasos cerca, al incorporarse se encontró con una niña persiguiendo un rehilete que el viento le había arrebatado y se negaba a regresarle, detrás de ella Flor corría risueña, tenía la misma mueca de la que se había enamorado años atrás; cuando sus miradas se encontraron ambos se quedaron quietos, fue como si la otra vida que pudieron haber vivido les pasara frente a los ojos, ella levantó la mano para saludarle y el respondió con el mismo gesto, no dijeron nada y el rehilete siguió su camino en el viento, con él, Flor y su hija comenzaron a alejarse.

—¿Quién es ella papá?

—Es… Flor… es la única amiga que tuve mientras viví acá.

—¿Por qué no se acercó? Me gustaba su rehilete.

—No tenemos mucho que decirnos y cuando no se tiene nada bueno que decir, es mejor permanecer callados.

—Te miraba como mamá te mira.

—Vamos a la casa, ya casi es hora de la cena.

A las dos de la mañana todos habían ido a dormir menos José Luis que no dejaba de pensar en la imagen de Flor iluminando el mundo con su sonrisa ¿Por qué no se habían dicho nada? ¿Era cobardía? ¿Resignación? No lo tenía claro, hace años había desahuciado su amor y lo hacía muerto y enterrado ¿Por qué se sentía así? Pasó toda la noche en vela; desde su ventana podía verse el cedro ya lo lejos, la casa de Flor, donde del mismo modo, la luz del comedor seguía encendida.

La próxima vez que se encontraron fue en el funeral de la madre de Flor, una prima de José Luis le había avisado y no se resistió a asistir, desde que llegó sólo tuvo en mente estar cerca de ella y abrazarla, decirle que este dolor iba a pasar y que todo iba a estar bien, pero sólo atinó a decir:

—Lo siento mucho Flor.

Flor lo miró un momento, parecía otra vida la última vez que lo había tenido tan cerca; de pronto se lanzó hacia él en un largo abrazo inundado de lágrimas; ambos estaban separados de sus antiguas parejas y la vida les proponía una segunda oportunidad de despedirse. El día siguiente del entierro, José Luis la acompañaba a despedir a un par de familiares que habían venido de lejos, mientras caminaban de regreso a casa, el silencio –por fin– se rompió.

—Te esperé toda la tarde de ese día de verano, habíamos quedado ¿recuerdas?

—Lo sé, olvidé venir, pero lo recordé esa misma noche y vine para acá, llegué a buscarte a tu casa, pero no había nadie, te esperé todas las tardes de ese mismo verano debajo del árbol, preguntaba a tus papás cuando vendrías y siempre que me daban fechas, no llegabas, te dejé ir cuando tuve a mi hija, o eso pensé hasta el día que volví a verte.

—¿El día del rehilete?

—Si, ese día. Tu hijo está enorme ¿Cómo se llama?

—Jacinto… ¿y tu hija?

—Luisa.

Y entonces la vida hizo lo suyo, siguieron conversando y los días pasaron; se lamieron heridas sabiendo que nunca se olvidaron, que vivieron sus vidas esperando al otro, que desear cosas diferentes en momentos diferentes es un mal que aqueja a todas las parejas pero que puede curarse si se deja, poco a poco, volver el hilo del tiempo entrelazar sus manos. Buscaron tierra neutral en Atlacomulco, dejando atrás su pasado, eso sí, su casa tiene un gran jardín, donde plantaron un cedro blanco.

La endíadis (o hendíadis) es una figura retórica de pensamiento que consiste en expresar un concepto mediante el uso de dos términos coordinados.

La sorites es una figura retórica que consiste en un razonamiento resultado de la concatenación de varios enunciados verdaderos, siendo el sujeto de cada uno el predicado del anterior. Partiendo de unas premisas verdaderas se puede ir introduciendo retórica, fácil y gradualmente una falsedad, en cuanto se falte a alguna regla silogística de forma capciosa.

Otra definición:

Falacia o razonamiento erróneo compuesto de muchas proposiciones encadenadas, de modo que el predicado del antecedente pasa a ser sujeto de la siguiente, hasta que en la conclusión se une el sujeto de la primera con el predicado de la última, conllevando una falsedad a la que se ha llegado gradualmente y que se quiere hacer pasar por cierta revistiéndola de apariencia de racionalidad. 

Estructura del sorites: A es B; B es C; C es D; D es E; luego A es E. (Siendo A, B, C, D, E los términos de las premisas)

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