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Donde van los elefantes

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**Para leer escuchando “Despacito” de Luis Fonsi y Daddy Yankee.

Ya sabía que justo cuando Daddy Yankee empezaba a rapear, él debería caminar más rápido sobre el bote para que diera vueltas. Eran segundos invaluables que contribuían a que la rutina quedara completa.  Después, Gastón le pasaría una, dos, tres pelotas y haría malabares con ellas hasta que la canción bajara otra vez de ritmo. Al finalizar, Choche, el único perro que la reforma del circo sin animales les había permitido conservar, pasaría con el cesto en el hocico recogiendo las pelotas y él podría bajarse, agradecer y terminar con el segundo show del día.

Daniel se sabía a pies juntillas la rutina del circo en el que creció. Tenía seis meses que le habían dado su propio número. Los mismos seis meses que sonaba en las cabezas del colectivo general esa odiosa canción del “pasito a pasito, suave, suavecito” que parece brotar de entre las piedras. Canción con la que Daniel hacia su show todas las noches en el Circo Fantasías, grabándose en la memoria cada acorde e inflexión de voz, porque para él significaba un movimiento nuevo o cambio de acrobacia; no porque dicha pieza musical se pegue en el cerebro de forma viral y no puedas dejar de cantarla. Para nada.

El año pasado habló con el dueño para que le diera su propio número. El don lo ignoró, pero Daniel persistía en su intento. Desde que dio el estirón, ya no cabía en las botargas cambiantes que utilizaban para atraer al público. Ahora sus hermanas y primos se encargaban de vestirse de Peppa, Dora, Woody, los de Paw Patrol y Olaf. Él se dedicaba a ayudar en las escenografías hasta aquel día que amarró mal una cuerda y Rosaura, la trapecista, casi se cae. Si no fuera porque la muchacha en verdad tiene talento, no la libra y Daniel andaría huyendo de la justicia y no bailando con la cadenciosa voz de Luis Fonsi. No, andar atando nudos y armando estructuras de fierro no es su especialidad, los tornillos y él no son compatibles; así que decidió encargarse del puesto de palomitas hasta el día en que Xiomara, que también había crecido en el circo como él, anunció que estaba embarazada y que el vestido de Elsa, la reina de la nieve, no iba más con su cintura. Don Eustaquio, el dueño, incapaz de cubrir con las prestaciones propias de tan importante suceso, la sacó del circo junto a Tony, el equilibrista, padre del copo de nieve que se gestaba en su interior, y se abrieron dos vacantes en el Fantasías. Tony dijo que iba a buscar chamba de mecánico y Xiomara se quedaría en casa hasta que alguna empresa la contratara y pudiera entrar como intendente o algo así. Secretaria es mucho lujo, decía. Así que se quedaron en Michoacán, a tres horas de dónde estaba el circo actualmente. Daniel y Xiomara eran muy unidos. Desde chamacos andaban dándole al circo, habían pasado por todos los actos, por todos los puestos de dulces, por todas las vendimias posibles: desde manzanas hasta varitas de luz. Un día le pidió que fuera su novia; le dijo que no. La extrañaría mucho, pero prometió ir a visitarla y convertirse en el padrino del chamaco.

Como Daniel no le daba al tono de piel de la princesa de Frozen, se quedó con el número de equilibrio que antes era de Tony. No tenía problema, subirse en tambos y hacer malabares era su fuerte. Había cubierto a Tony muchas veces en las que sus borracheras no le dejaban subir al escenario. Todo era reemplazable en el Fantasías desde los materiales hasta las personas. Gente se iba para buscar mejores cosas, gente se quedaba porque era lo único que sabía hacer; había que darle buen uso a lo poco que tenían porque, de lo contrario, tendrían qué pellizcarle al sueldo para arreglarlo, había que estirar todo para poder sobrevivir. Así es el circo que Daniel ha conocido, lejos de los romanticismos que el espectador se forma de grandes caravanas, espléndidos vestidos, materiales de primera, montones de dinero y ya no sabe ni de dónde les viene aquella idea: Dumbo o alguna otra película gringa, de seguro.

La mamá de Daniel había sido trapecista y su papá, domador de leones; cuando aún podían tener famélicos leones y el domarlos no era considerado maltrato animal, o sí, pero no había linchamiento en redes sociales porque no había redes sociales. El papá de Daniel se quedó perdido en algún pueblo del sur y su mamá se metió a trabajar en una fábrica cuando sus piernas ya no fueron tan ágiles; pero mandaba a sus hijos a formarse al circo, a ganar centavos, porque no habían salido buenos para la escuela. Lo supo desde el parto, se lo dijo el anestesista: se les ve en la forma de su cabeza ¿ya vio? De menos, si no van a salir de pobres, ni van a ser buenos para el estudio, que vean el mundo o pueblos bicicleteros, decía.

  • Daniel—dijo un payaso a medio maquillar detrás de las cortinas del cuarto donde Daniel ensayaba—se nos acaba de morir el Choche, güey. —le costaba trabajo respirar, tal vez debido al peso o a la velocidad con la que corrió para llevar el mensaje.
  • ¿Cómo que se nos murió? Hace dos horas, en la última función, estaba bien. —dijo un Daniel turbado, asustado y enojado por la noticia.
  • Pues estaba, pero lo atropellaron hace ratito, mano.
  • ¡No mames! ¡Y salimos en diez minutos! ¿Ya le dijeron al Don?
  • Ya y se la fue a hacer de pedo al primero que encontró, pero el primero que encontró fue más pedero que él y casi llegan los polis. Ya el ruco se metió a su chante y me dijo que te avisara para que arreglaras lo del show. Dijo que era tu bronca, que era tu perro y que debes ver cómo, pero todo debe estar chido en diez minutos. Que los demás nos adaptamos.
  • No mames, Gastón. Era el único perro que teníamos y en diez minutos no voy a poder ir por otro a la calle y entrenarlo. ¡No chingues! —Daniel se quedó callado, preocupado—¿Y el Choche? ¿Lo enterraron?
  • Tu hermana, la Bibi, y la Ivonne lo están enterrando acá atrasito de la carpa. No quedó tan mal. Yo creo murió del puro madrazo—Gastón tragó saliva—El Felipe ya les cavó un hoyo para que lo pongan. Ya luego lo vas a ver, rey. Ahorita soluciona ¿Quién va a recoger las bolas?
  • ¡Mis bolas! ¿Y ahora qué chingados voy a hacer?
  • Pues no sé.

Daniel pensó en Choche más que en sus bolas o en el acto. Recordó el día que lo encontró en uno de los baldíos donde los municipios les dejan montar la carpa. Estaba en una caja de huevo San Juan junto con otros dos perritos. Él nada más tomó al Choche.  Aún tenían animales en el circo y Don Eustaquio, por más ley que le tuviera a su familia, no dejaría que llevara con ellos a más cachorros. Empezó a entrenar al Choche desde chiquito para que se ganara su sustento en el circo y garantizaran su permanencia; Xiomara le ayudaba y entre los dos lo cuidaban y lo prestaban para los números con los payasos o, a veces, con los elefantes. Choche se subía en la espalda de los elefantes o iba persiguiendo una pelota mientras sorteaba sus patas. El can se dormía con ellos y los paquidermos cuidaban también de no aplastarlo, parecía que lo cobijaban con sus cuerpos.  Cuando los elefantes se fueron, el Choche fue el primero en resentir la ausencia. Quién sabe qué pasó con ellos. Algunos dicen que se los llevaron a varios zoológicos y otros, que los mataron; pero Choche chilló durante meses como si supiera. Daniel trabajó mucho con el perro para que lograra adaptarse a un circo en el que ya no estaban sus gigantes amigos porque eso era lo que importaba ahí: trabajar, seguir de pie, no importando los caídos. Era feo, pero era lo que había. Si los humanos se adaptaban con más razón los perros. Poco a poco, Choche volvió a comer y a incorporarse a la vida del circo, aunque aún dormía en el lugar de los paquidermos.

Debía avisarle a Xiomara que habían aplastado al Choche, pero ¿si se le iba la leche de pura tristeza? Dicen que a las embarazadas se les va la leche con los sustos y las nostalgias. Pobre Xiomara, quería mucho a ese perrito. No se lo llevó porque el Tony le había dicho que no iban a poder con él y con el bebé. Mejor se lo hubieran llevado. Aunque él les ayudara con poquito dinero para sus croquetas y limpieza. Chale. Cosas como estas le hacían preguntarse si estaba en el lugar correcto.

Daniel terminó de ponerse el traje rosa neón y llevó lo necesario para su acto atrás del escenario como si no hubiera pasado nada. El presentador empezó. Luego vino Ivonne con su show de contorsionismo, Gastón con sus payasadas, Rosaura y su trapecio, una pausa para vender las varitas fluorescentes que subsidiaban gran parte de las funciones, Bibi con el aro y él hasta el final.

Luis Fonsi empezó confesando que su interés visual se había prolongado en el tiempo y Daniel subió al bote en un pie. La canción siguió su curso y él, contrario a lo que pasaba en su cabeza, mantuvo el equilibrio sobre aquel tambo naranja en un pie, en dos, en una mano, en dos, haciendo el cuatro y moviendo los pies más rápidamente y malabareando las pelotas que Gastón le pasaba mientras el corazón de Daddy Yankee hacía bam-bam. Fue Ivonne, en una malhecha botarga de Peppa Pig, la que recogió las pelotas en lugar de Choche. No las recogía bien, se le escapaban en su mayoría, pero para un trabajo de cinco minutos atrás estaba perfecto. Daniel bajó del tambo, agradeció y terminó con el tercer show del día.

Al terminar su acto, fue a buscar el bulto de tierra donde ahora descansaba Choche. Después de un rato de platicar con el cadáver y dejando una pelota sobre el improvisado lecho de muerte, se fue al remolque destartalado que hacía de camerino. En su morral echó unos cuantos billetes, sus clavas, tres pelotas desgastadas y poniéndose la chamarra, dejó la carpa atrás y se alejó del circo antes que la función acabara y salieran todos. No quería sermones de Don Eustaquio, ni caras tristes de sus hermanas y de Gastón. Quería irse bajito, así como se fue el Choche. El Circo Fantasías encontraría quién hiciera equilibrio y monadas sobre el tambo. No representaría problema. Daniel tenía que decirle a Xiomara lo que había pasado con Choche y sólo él sabía decírselo con el tacto suficiente para que no se le fuera la leche. Lo demás era lo de menos.

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