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Cultura y violencia de género en México

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Por: Paola Viridiana García Hernández

La violencia hacia la mujer, la opresión de sus derechos y la desigualdad existente en ámbitos laborales y educativos no son temas nuevos; la lucha del feminismo tiene una historia larga en la que muchas mujeres perdieron la vidas siendo víctimas de un sistema androcéntrico al defender un ideal de igualdad. Hoy en día la lucha feminista sigue: la exigencia por los derechos igualitarios como lo es el voto, la libertad de expresión, el derecho a la educación, entre muchos otros han sido un gran logro de esas constantes batallas; sin embargo, a pesar de los triunfos obtenidos por este movimiento, es cierto que, en muchos aspectos estas libertades y derechos no son respetados. La discriminación de género muestra su vigencia en las invariables protestas y en sus interminables marchas; las cifras del feminicidio y el alto índice de violencia se ven reflejados en la memoria de todos los ciudadanos como recordatorio de que la lucha por el feminismo no ha terminado.

Este año que terminó estuvo lleno de batallas en favor del feminismo, entre ellas existe un acontecimiento que, dentro de sí, engloba toda aquella tiranía y que, seguramente será uno de los sucesos más recordados del 2019: el grito de manifestación “un violador en tu camino”, movimientoiniciado en Chile durante el mes de noviembre; aquel performance, cargado de muerte y ofensa, se convirtió rápidamente en el himno guerrero y mártir de todas las mujeres que se unen para exigir justicia por aquellas voces que han sido silenciadas y para proteger los derechos de las que aún siguen vivas.

La marca que tuvo el performance fue tan impactante que rápidamente se viralizó por distintas partes del mundo, volviéndose fenómeno mundial e himno de justicia hacia la mujer. En países como Alemania, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Guatemala, Grecia, India, Italia, Japón, Kenia, Nicaragua, Panamá, Perú, Reino Unido, República Dominicana, Suiza, Túnez, Turquía, Uruguay, Venezuela y México se organizaron protestas basándose en el performance original, adaptando su letra a sus propios contextos.

Las manifestaciones, protestas y movimientos, en diversas etapas de la historia

En 1789, durante la Revolución Francesa, se presentó de manera abierta la inconformidad de muchas mujeres ya que que los valores y derechos por los que se propugnaba, tales como la libertad y la igualdad, especiales para los hombres y excluían por completo a las mujeres. Este acto rebelde se ve reflejado en La declaración de los derechos de la mujer y la ciudadanía, de Olympe de Gouges. En 1848 comienza la etapa del Sufragismo, con la Declaración de sentimientos de Seneca falls o, en el caso de México, donde podemos destacar que en la década de los 80 el feminismo encontró su expresión en la academia; así, las feministas académicas se dieron a la tarea de democratizar los espacios productores de conocimiento en donde las mujeres no se sentían representadas por estar excluidas como sujetos y objetos de estudio de las Ciencias y las Humanidades (Aguilar, 2019). Lo anterior ha logrado concientizar a las sociedades de un problema que se ha visto como un fenómeno normalizado, ya que los crímenes contra las mujeres, en sus distintos ámbitos, no representan casos aislados, poco comunes, imputables a unos cuantos criminales o producto de problemas “pasionales”, no, la violencia de género se presenta desde las raíces de una sociedad que normaliza y legitima tal cuestión.

En el Estado de México la problemática de la violencia hacia la mujer empezó a documentarse y a conocerse de manera abierta a partir del año 2000. Los primeros resultados se dieron al presentarse un informe publicado por la Cámara de Diputados, llamado “Violencia femenicida en diez entidades de la República Mexicana”. Dicha investigación dio a conocer que en el período 2000-2003 un total de mil 288 niñas y mujeres fueron asesinadas en la entidad, ubicándola en la cima nacional (Marquez, 2012). Hay que destacar que el documento no marca las diferencias entre homicidios dolosos o culposos, aspecto de vital importancia para determinar la intención del crimen, es decir, si influye en tal la condición de género; sin embargo, esta investigación significó un avance de gran importancia, pues dio a conocer que, efectivamente, existe una problemática en el país sobre el feminicidio.

Otros indicadores que ayudaron a visibilizar la violencia contra la mujer los aportó la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México (CODHEM) al revelar que durante el periodo de 2005-2009, 672 mujeres fueron asesinadas y, en su gran mayoría, se presentaron casos alarmantes de tortura y abuso sexual. Por su parte, el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) documentó que, entre el año 2007 y 2009, en el Estado de México fueron reportados 542 asesinatos en los que se incluían además de mujeres, niñas. Esta información sirvió para que más adelante el OCNF profundiza en la investigación; los resultados arrojaron un total de 922 homicidios del 2005 al 2010, localizando el 54 por ciento de ellos en los municipios de Ecatepec, con 118; Nezahualcóyotl, con 71 casos; Tlalnepantla, con 53 casos; Toluca, con 45; Chimalhuacán, con 42; Naucalpan, con 40 casos; Tultitlán con 35; Ixtapaluca, con 31; Valle de Chalco, con 30 y, finalmente, Cuautitlán Izcalli con 25. En cuanto a la edad de las mujeres se tienen como datos que el 28.09 por ciento tenía entre 21 y 30 años; el 18.22 por ciento oscilaba entre los 31 a 40 años y el 18.11 por ciento se hallaba entre los 11 y 20 años de edad (Marquez, 2012). A pesar de que en su gran mayoría estos casos quedaron impunes, la apertura de información hacia los hechos abrió debate y discusión sobre el tema, logrando al menos hacer conciencia en el gobierno y en sus ciudadanos.

En un principio el Gobierno estatal intentó vincular la incidencia de estos crímenes a la actividad de las víctimas; en aquel entonces el procurador general de Justicia del Estado, Alfredo Castillo, señaló que los altos índices de asesinatos hacia las mujeres se debían principalmente a trabajos de alto riesgo desarrollados por estas, tales como la prostitución, sin embargo, los datos ofrecían otra perspectiva a la cuestión; el 31.13 por ciento de las víctimas eran empleadas normales, 19.18 por ciento eran amas de casa, el 11. 50 por ciento eran estudiantes y únicamente el 0.54 por ciento ejercían como principal ocupación la prostitución.

Actualmente los casos de violencia no han disminuido: el Sistema Nacional de Seguridad Pública documenta del año 2015 al 2019 los feminicidios en el país y en el Estado de México se han visto en ascenso, siendo este último año el periodo que cuenta con mayor número de mujeres asesinadas.

Así, a nivel nacional se tienen registrados durante el periodo del 2015, 411 feminicidios mientras que en el periodo 2019 –con fecha de corte al 30 de noviembre– se han reportado 890, más del doble de feminicidios de hace cinco años; este aumento también se ve reflejado durante el periodo del 2018 del mes de enero a noviembre, donde se registraron 760; esto significa que en el lapso del último año hubo un aumento del 17.5 por ciento de feminicidios, es decir, 130 mujeres más asesinadas.

A nivel estado también se presentó un aumento en el número de víctimas de mujeres, pues se registra que durante el año 2015 se reportaron 57 casos de feminicidios y este último año se vieron sumados 108 casos. Bajo estas premisas se encuentra que durante el periodo de 2015 al mes de noviembre del 2019 se pasó de 358 mujeres asesinadas, tanto por feminicidio como por homicidio doloso, a 402 carpetas de investigación, lo que supone un incremento de 12.5 por ciento (Gudiño, 2019).

Del año 2000 al 2019 se ven reflejados veinte años de violencia hacia la mujer, pero la problemática lleva consigo toda una historia social, política y psicológica que antecede esos años de información y estadística. La tradición cultural es parte de la complicación que se genera en cuanto a la violencia género que muestra el amor y el sexo en términos de descubrimiento, apropiación o conquista que un sujeto masculino lleva a cabo sobre un cuerpo femenino tratado como un objeto. (Freixas, 2010); tales argumentos los podemos observar en el cine y la poesía de antaño que reflejaba perfectamente la perspectiva de cómo la sociedad debía ver a una mujer: un personaje débil, dependiente, objeto de deseo capaz de servir al sexo fuerte. La idea sobre la mujer inducida en la tradición cultural funge como elemento principal para normalizar cualquier represalia que se cometa sobre ella. Así pues, se ve natural e incluso necesario el acto de que un esposo golpee a su mujer por sus malos comportamientos, así como es igual de lógico creer que es culpa de la mujer haber sido violada debido a que provoca a los hombres, ya sea por su forma de vestir, caminar o simplemente porque es su naturaleza.

Esta tradición cultural se ve reflejada en el día a día; se ve en la educación que brindan los padres a los hijos, así como en la religión que prioriza al hombre sobre la mujer y donde ella debe servir, obedecer y callar; se observa en el trabajo al negársele sus derechos laborales; se contempla en ámbitos como la igualdad social, la salud y el progreso en general, marcando al género femenino como un sexo débil incapaz de ejercer verdaderamente en roles importantes dentro del ámbito político, cultural, social, deportivo e intelectual.

Es cierto que el panorama en pleno siglo XXI pareciera ser diferente, la situación de las mujeres en la sociedad se ha visto transformada y este proceso muestra un cambio en nuestro orden social, presentado nuevos modelos de vida y relaciones que han permitido a la mujer ejercer su derecho a ser una persona autónoma y libre en todos sus aspectos, tanto laborales, físicos y personales. Sin embargo, a pesar de ello, aún prevalece ese rasgo cultural androcéntrico que sigue muy arraigado en las sociedades a pesar de que los cambios de perspectiva hacia el género han cambiado bastante.

La realidad es distinta a lo que las leyes actuales muestran, ejercer la autonomía y la libertad como sujeto de derecho no es algo que se brinda de manera natural a las mujeres, este derecho se da en consecuencia a ciertos ámbitos que influyen en el entorno social y contexto de la mujer, por ejemplo, el estatus social, la procedencia étnica, edad, influencias e incluso el azar, algunas lo tienen más sencillo que otras (Mintegui, 2003), sin embargo, en cierta medida todas luchan por ejercer su derecho plenamente en toda su extensión, ya sea de manera individual o colectiva. Todo este panorama lleva a disminuir los problemas, conflictos e inconvenientes que el sexo femenino presenta y a tratarlos como males menores o meros problemas de mujeres. Ignorando que tal pensamiento, tan arraigado en las sociedades, es el que posibilita, en parte, la violencia de género. Se añade además que la violencia y la discriminación que sufren las mujeres genera dentro de la psique secuelas que impactan negativamente múltiples áreas de su salud, entendiendo ésta desde su definición más amplia como un estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente como la ausencia de afecciones o enfermedades. En este sentido, diversas organizaciones nacionales e internacionales han recalcado que el fenómeno constituye una grave problemática de salud pública (Marquez, 2012).

Así pues, los delitos contra las mujeres y el bagaje cultural discriminatorio hacia las mujeres generan distintas problemáticas que abarcan no sólo cuestiones políticas y delictivas, sino que también concierne a un estado de salud psicológico que afecta a todas las mujeres, hayan o no vivido experiencias de violencia.

Frente a los conflictos presentados sobre la violencia de género, tanto en feminicidios y discriminación, es necesario tomar acciones. El Estado debe actuar, el gobierno debe consolidar soluciones, es su responsabilidad, pero también es cierto que las medidas que se puedan tomar contra la violencia hacia la mujer resultarán ineficaces ante la cultura que excluye a la mujer de sus derechos. Es necesario tomar conciencia en la totalidad del pasado, de la historia y desligarse de aquella tradición cultural que legitima la violencia de género. Es momento de tomar otra perspectiva y concebir una reivindicación cultural que permita no una batalla por la igualdad, la equidad y por proteger los derechos, sino más bien, una tradición cultural que manifieste, de primera mano, los derechos naturales de las mujeres como parte de la sociedad, sin necesidad de una “lucha” ejercida por oposiciones, por discriminación o violencia.  (Pública, 2019)

Bibliografía

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