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2021 ¿Coaliciones ideológicas o pragmáticas?

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El pasado 18 de junio, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) anunció la construcción de una alianza con el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y el Partido del Trabajo (PT) para el proceso electoral 2020-2021. Pocos días después, Alejandro Moreno, Dirigente Nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI) reveló la posibilidad de constituir una alianza con el Partido Acción Nacional y el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Lo anterior se sumaba a las declaraciones de Andrés Manuel López Obrador, quien poco antes había hecho pública la existencia del Bloque Opositor Amplio (BOA) constituido por partidos políticos, comunicadores y autoridades electorales. Las especulaciones respecto al BOA no son comprobables, sin embargo, el tema de la participación en conjunto merece un análisis de mucho más que un par de líneas.

En el caso del pronunciamiento de Morena, resalta la capacidad de adaptación de un partido como el PVEM, quien más que una postura ecologista, propia de los partidos verdes a los que se adscribe, ha mostrado una tendencia hacia el pragmatismo enfocándose no en una agenda ecologista, sino una agenda de ganar elecciones. Por otro lado, la unión PAN-PRI-PRD nos muestra una cara aún más compleja: la posibilidad de coalición entre al menos dos de los tres partidos que crecieron y se desarrollaron de manera independiente y que, hasta 2015, formaron uno de los sistemas de partidos mayormente institucionalizados de América Latina. Al respecto se han presentado todo tipo de descalificaciones y cuestionamientos, que van desde la coherencia ideológica de los partidos que integran cada grupo hasta la legalidad de su realización, sin olvidar las acusaciones que apuntan a la destrucción de la transformación encabezada por el partido en el gobierno. Pero ¿qué tan fundamentadas se encuentran estas argumentaciones?

Las reglas del juego

Iniciaré por la cuestión institucional, es decir, por las reglas del juego. De acuerdo con el inciso f del artículo 23 de la Ley General de Partidos Políticos, estas organizaciones tienen derecho a “formar coaliciones, frentes y fusiones, las que en todo caso deberán ser aprobadas por el órgano de dirección nacional que establezca el Estatuto de cada uno de los partidos” (LGPP, 2020). Asimismo, el numeral 2 de esta misma ley señala que los partidos se encuentran en la libertad y el derecho de formar coaliciones para postular candidatos en las elecciones federales. Hasta aquí nos podríamos preguntar cuáles serían los alcances de las coaliciones nacionales, a lo que el artículo 87 responde afirmando que los partidos tienen la posibilidad de formar coaliciones para las elecciones de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, así como de senadores y de diputados por el principio de mayoría relativa” (LGPP, 2020).

Con lo anterior queda claro que, al menos en el sentido de las reglas, no existen limitaciones para que los partidos, a pesar de sus diferencias históricas puedan formar coaliciones y competir por los cargos públicos. Ahora bien, del lado de los partidos políticos, no suelen existir normatividades que impidan la coalición con otras fuerzas electorales; esto aplica para la generalidad de las organizaciones, exceptuando al PRD, el único de los partidos del sistema mexicano que ha puesto un candado en la política de coaliciones, que le permite crear fórmulas electorales con cualquiera de los partidos, exceptuando al Partido Revolucionario Institucional (PDR, 2020).

Morena no Morena

Con el anuncio de la coalición MORENA-PT-PVEM y la posibilidad de presentar una fórmula PAN-PRI-PRD, nos encontramos frente a un escenario dicotómico donde las opciones bien podrían codificarse en Morena-No Morena. En este sentido, los electores que acudirán a las urnas tendrán la tarea de elegir entre dar continuidad al proyecto del partido en el gobierno o elegir el proyecto de las de las fuerzas políticas opositoras ¿Qué tan viable resulta esto?

Para responder a esa pregunta basta con hacer un análisis retrospectivo de la elección de 2018, donde también estuvo en juego la elección de autoridades federales. La coalición encabezada por Morena obtuvo 53% de los votos en la elección presidencial, desplazando a partidos como el Revolucionario Institucional y la coalición PAN-PRD al segundo y tercer lugar. En dicha elección, Morena concentró una gran cantidad de votos, de tal suerte que el Índice de Molinar marca un resultado de 1.86, es decir, señala que la competencia tuvo lugar entre dos fuerzas electorales: Morena y la coalición PAN-PRD. Aquí tenemos un dato importante, ¿cómo ganaron la elección de 2018? La respuesta es atrayendo electores de otros frentes, es decir, gracias a la volatilidad electoral. Entre 2000 y 2012, la volatilidad electoral en la elección presidencial no excedió los 20 puntos porcentuales; para 2018 la volatilidad llegó al 54.68%, es decir, más de la mitad de los electores que tradicionalmente votaron por otro partido, decidieron en favor de Morena.

La elección de Senadores resulta muy parecida, con 2.5 en el Índice de Molinar, tuvimos un escenario de competencia menor que en 2012, donde el mismo indicador marca la competencia entre tres fuerzas electorales (2.9). Ciertamente, la cantidad de opciones se redujo, mas eso no significa que el flujo de la elección haya ido en favor de los partidos institucionalizados, sino que estos se movieron hacia las nuevas opciones, dando como resultado una volatilidad de 45.21%, muy diferente a la obtenida en 2012, de apenas 17.3%. La elección de Diputados, por su parte, muestra una fragmentación de 2.6 y una volatilidad de 31.92, la más baja de las tres elecciones que aquí hemos presentado, pero no por eso menos preocupante tomando en cuenta que la última elección en que hubo volatilidad elevada fue en 2006 con 29.16% (Palma y Osornio, 2020).

Los movimientos en la volatilidad nos pueden mostrar al menos dos escenarios de gran relevancia: la reconfiguración del sistema de partidos con Morena como organización predominante, o la entrada a un sistema de partidos con alta volatilidad, mayor inestabilidad y partidos poco institucionalizados como el caso de Perú y Bolivia. Evidentemente el partido en el gobierno apunta hacia la primera.

La elección de 2018 nos advirtió la posibilidad de conformación de un sistema de partido predominante encabezado por Morena. A poco más de 18 meses de gestión tanto en el poder Ejecutivo como en el Legislativo, las primeras encuestas de opinión realizadas por Alejandro Moreno, nos dicen que 33% de los ciudadanos votarían por Morena, 34% en contra de Morena, 23% no votaría por ninguna opción y 10% desconoce hacía dónde iría su voto (El financiero, 2020).

Estos datos dan señales de la existencia de tres posibles grupos: el voto duro de Morena, los electores que destinarían sus votos a partidos opositores y los indecisos. Por tanto, si hoy comenzara el proceso electoral, los esfuerzos de los partidos distintos al partido predominante –específicamente las coaliciones codificadas como No Morena- se destinarían a conseguir los votos de los electores que tienen preferencia por los partidos tradicionales y aquellos que no se han decidido por alguna opción.

En estos términos no es extraño que las organizaciones políticas nacionales se enfilen hacia la formación de una coalición en contra del partido en el gobierno, sin embargo, tiene implicaciones que no son del todo positivas. La primera de ellas es la presentación de un escenario polarizado con dos opciones políticas establecidas en términos binarios (Morena-No Morena); en este caso, tendríamos un panorama abierto con dos grandes opciones en competencia, por un lado, la del partido predominante y por el otro, el bloque de los opositores conformado por partidos que la ciencia política consideró como institucionalizados hasta 2015. De aquí se desprende la segunda consecuencia negativa, donde el resultado de la formación de un frente opositor puede favorecer la aceleración del quiebre del sistema de partidos tradicional, sin contar el impacto que representa para los electores una coalición formada con los partidos que tradicionalmente han competido por separado.

Con estos datos, los partidos opositores tienen al menos dos elementos que pueden utilizar a su favor, el primero es la canalización de la volatilidad de la elección pasada, mientras que el segundo, es la desaprobación de Morena.

Las ideologías

El surgimiento de coaliciones suele poner bajo la lupa la coherencia ideológica de los partidos que las integran. Basta recordar los años anteriores a la elección de 2018, donde el punto central de la discusión previo a la formación del frente PAN-PRD fue la falta de coherencia ideológica entre un partido de derecha y uno de izquierda. La posibilidad de la conformación de alianzas entre PAN, PRI y PRD presenta la misma problemática: un partido de derecha con una ponderación de 16.45 en el índice de Andy Baker, un partido de centro derecha con un índice de 11.5 y un partido de izquierda con una ponderación de 4.55 en el mismo índice[1] (Baker y Greene, 2011).

Aquí surge un cuestionamiento importante, ¿Cómo compaginar las ideologías de estas organizaciones sin que esto genere desconfianza o desapego de los electores? ¿Cómo mantener el voto duro de las personas militantes, simpatizantes y afiliadas de cada partido? Esta es sin duda una de las controversias más grandes que habrá que resolver antes del inicio del proceso electoral 2020-2021 donde, de consolidarse una gran coalición opositora, sería necesaria una argumentación contundente como justificación, además de una construcción urgente de las plataformas electorales que serían presentadas en conjunto[2].

Todos queremos ganar, la formación de alianzas

Como hemos visto, la formación de coaliciones se encuentra en el marco de la Ley General de Partidos Políticos y no existen impedimentos para que partidos de diferentes características o ideologías puedan competir en conjunto por los cargos de elección. Adicionalmente, exceptuando el caso del PRD, no hay impedimentos estatutarios para que los partidos se abstengan de asociarse para competir por cargos públicos[3]. En síntesis, la presentación de coaliciones es legal, y se enmarca en el desarrollo de la democracia, donde las fuerzas políticas tienen la libertad y el derecho de asociarse según convenga a sus intereses.

Aquí es justo donde cada una de las acciones cobran un sentido especial pues, si bien es cierto que los partidos son organizaciones que compiten para ganar elecciones, tampoco podemos olvidar que estos fungen como puentes entre la ciudadanía y el gobierno y que operan como canalizadores de los conflictos que surgen en la sociedad (Sartori, 2005). En este sentido, las posibles alianzas dejan pendiente la necesidad de la ciudadanía de ser representados por organizaciones cercanas a sus intereses y, en cambio, se presentan como auténticas maquinarias electorales.

Hoy en día, además de las fronteras entre los partidos, parece desdibujarse la ideología con la que cada uno de ellos fueron conformados. El PAN parece separarse de las bases que lo presentaron como partido de notables, mientras que el PRI y el PRD se alejan de las características de partidos de masas, el primero con una raíz sindical y el segundo, como descendiente directo de los movimientos sociales de finales de la década de los 80. Con Morena presenciamos el surgimiento de un partido de corte personalista, centrado en la personalidad del líder que logró ocupar la mayoría de los cargos en la elección de 2018 y la reacción de la oposición no ha ido en el sentido de fortalecerse y crear agendas que permitan arraigarse en el electorado, sino que por el contrario, dan señas de su tránsito hacia la conformación de partidos electoralistas atrapa todo, caracterizados por buscar la maximización del apoyo electoral a través de la agregación de intereses (Gunther y Diamond, 2001).

Los partidos están diseñados para competir en elecciones, pero no podemos olvidar que el fin último no es sólo ganar la elección, sino la representación. En este entendido, toda coalición debiera asegurarse de que, en caso de ser favorecidos por el electorado, se impulse una agenda que compagine las visiones de los partidos implicados. La conformación de la agenda y los planes de trabajo son quizá el medio más eficaz para mostrar que la finalidad de cada organización va más allá del triunfo en las urnas. Conformar coaliciones es una posibilidad que se ofrece a las organizaciones políticas que se encuentra en el marco de la legalidad y los postulados de la democracia, sin embargo, esta misma democracia implica la participación de una ciudadanía que merece mucho más que ser representada por partidos atrapa todo.

Bibliografía

Baker, A. & Greene, K.F. (2011). The Latin Lefts Mandate: Free-Market Policies and Issue Voting in new democracies. Recuperado de https://scholar.harvard.edu/files/levitsky/files/baker_and_greene_2011.pdf

Cámara de Diputados. (2020). Ley General de Partidos Políticos. Recuperado de http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/LGPP_130420.pdf

Gunther, Richard y Larry Diamond. (2001). “Types and Functions of Parties”, en L. Diamond y R. Gunther (eds.), Political Parties and Democracies, Baltimore, The John Hopkins Uni­versity Press.

El Financiero. (22 de junio de 2020). Recuperado de https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/existe-el-boa-el-44-piensa-que-es-una-fabricacion-del-gobierno-y-44-cree-que-si-existe

Palma, Esperanza I.; Osornio, María Cristina. (2020). “Fragmentación y volatilidad electoral en las elecciones presidenciales de 2018 en México: ¿hacia un sistema de partido predominante?”. Revista Mexicana de Estudios Electorales. Disponible en https://somee.org.mx/rmestudioselectorales/index.php/RMEstudiosElectorales/article/view/308

Sartori, G. (2005). “El partido por dentro” en Partidos y Sistemas de Partidos. México: Alianza Editorial


[1] El índice marca valores de 0 a 20, donde 0 es un partido totalmente de izquierda y 20, un partido de derecha.

[2] Es necesario aclarar que la probabilidad de conformación de coaliciones no necesariamente implica la participación de los tres partidos, sino que pueden existir combinaciones por pares, por ejemplo: PAN-PRI, PAN-PRD, PRD-PRI.

[3] Esta condición podría modificarse próximamente, dada la declaración del Dirigente Nacional del Partido, donde se deja entrever la posibilidad de modificar los estatutos para realizar coaliciones con el PRI.

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