Opinión pública y opinión publicada

Juan Carlos Villarreal Martínez

Resulta una verdad de Perogrullo decir que en la entidad, los medios de comunicación han sido históricamente cooptados por el gobierno, es un fenómeno de índole comercial, difícilmente los medios escritos viven sin la propaganda gubernamental, es cierto, es necesario y diría yo, hasta irremediable, no obstante, dichos tratos no deben influir en la línea editorial ni conducir a los medios a la sola reproducción de boletines sin opiniones críticas del quehacer gubernamental, en una democracia sólida los medios juegan un papel de interlocución tan necesario que hasta vale la pena que el gobierno pague con recursos públicos las notas objetivas y críticas que distinguen a la prensa libre. Prensa y poder, conviven desde siempre en constante tensión, eso no es nuevo ni va a desaparecer. Ahora bien, el riesgo de la cooptación económica, es que los dueños de los medios acallen la línea editorial de los diferentes géneros periodísticos que alimentan lo mismo la prensa escrita que la digital, comprar espacios no debe convertirse en comparar conciencias, esa deformación en las relaciones comerciales repercute en el ejercicio de la más elemental de las libertades democráticas; la libertad de expresión. No es privativo del estado de México, pero con el paso de los años, resulta evidente el letargo en el que se sumen la mayoría de los medios escritos locales. En lo personal he tenido la fortuna de escribir en varios medios y conozco la relación que implica este fenómeno, no vivo de ello, pero entiendo a quienes por ejercer sus libertades han pagado costos personales que apenas alivian los reconocimientos públicos. Conozco y respeto a muchos amigos, hay de todo, pero prevalece creo yo ese vínculo comercial por encima del ejercicio de libertad que demanda la sociedad a la prensa.

Por eso vale la pena, diferenciar a la “opinión pública” de la opinión publicada, pues como su nombre lo advierte es está segunda la que vive amenazada por la sobrevivencia del medio. Si cualquiera de nosotros acude al periódico “El Debate” en el noroeste del país, resulta evidente el clima de libertad en el que se escribe, tienen tratos comerciales con gobierno, sin duda, pero no ponen en duda a una línea editorial crítica y a veces hasta ruda con el poder público, ese ejercicio se reproduce en diversos medios a lo largo y ancho del país y destacadamente en la capital de la República, sin embargo, en el estado de México hay pocos casos de medios exitosos con una línea editorial independiente. La opinión publicada en ese sentido, no representa cabalmente la opinión generalizada del público que prefiere acudir a expresarse a ese muro de las lamentaciones en el que se han convertido las redes sociales, pero lamentablemente, como dijo Humberto Eco “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles… Si la televisión había promovido al tonto del pueblo, ante el cual el espectador se sentía superior [el] drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad”

El dilema en términos del proceso electoral que se avecina en la entidad, resulta justamente en advertir que el viejo modelo de opinión publicada en medios cooptados no refleja correctamente el sentir colectivo, es más lo pervierte, busca influir en el ánimo del elector y de alguna suerte presentar una realidad edulcorada por los intereses propios del gobierno que “paga para que no le peguen”. La opinión publicada debe dejar de ser la opinión pagada.

Ahora bien, en términos de la opinión pública, que no necesariamente se forma de la opinión publicada, no al menos en los medios afines al poder público, resulta muy evidente que el deterioro de las relaciones institucionales del poder frente a su pueblo, se han incubado peligrosamente reacciones perniciosas que alimentan el malestar ciudadano que una semana si y otra también, se entera de escándalos de corrupción, excesos del gobierno, conductas censurables de sus autoridades o francas violaciones de derechos humanos, que al paso de los días lejos de precisarse o corregirse con información fidedigna se convierten en las verdades absolutas que acusa Eco, se reproducen viralmente en las redes sociales. Así el nuevo dilema comunicacional se enfrenta a la rapidez de los medios electrónicos frente al pensamiento pausado que supone el periodismo de investigación o los géneros de opinión que antes si constituían o generaban columnistas como Granados Chapa, German Dehesa, Carlos Monsiváis o más recientemente Raymundo Riva Palacio, en el plano nacional o los destacados casos de Tere Montaño y Claudia Hidalgo en el plano local. Para consolidar a la democracia es necesario contar con una prensa libre e independiente, lo mismo que de pensadores que no se sometan al yugo presupuestal que impone la censura económica que priva en nuestra entidad.

Para comprender y analizar el proceso electoral 2017, este clivaje de Prensa-Libertad de expresión, requiere salirse del letargo al que lo han llevado años de sumisión para ofrecer un mejor servicio a sus lectores. No será una tarea fácil, pero resulta impostergable.

Hace ya algunos años Eduardo Zannoni y Beatriz Bíscaro (1993), han propuesto una serie de medidas de responsabilidad en la divulgación de la información, todas ellas de frente a los daños que ocasionen los productos informativos, otros estudios en la materia (Suárez, 2006; Aznar, 2004; Pizarro, s.f.) señalan la ruptura en este clivaje, o cuando menos la delicadeza de los límites entre ambos, ya que aunque contundente fue Eco al señalar la legión de idiotas, es innegable el derecho que tienen a expresarse en el ámbito público, y mucho más si se trata de un régimen democrático, aunque por otro lado, aquellos que difunden información deben responsabilizarse de sus dichos y escritos, eso no es una tarea nada fácil, la nueva dinámica de máxima celeridad impide que la información se corroboré al cien por ciento antes de su publicación.

Otra cuestión que es innegable es que el consumo de la información incentiva la producción de notas con pocas bases y fundamentos, de ahí que la libertad de expresión sea uno de los más grandes temas del siglo XXI, requiere de una ética de consumo y producción de contenidos que solo podrá darse en el ámbito público de la permanencia (Boladeras, 2001)