El índice de fuerza de la oposición rumbo al 2017

Juan Carlos Villarreal Martínez

Para continuar con el análisis de los prolegómenos de la sucesión gubernamental 2017, acudiré a una de las herramientas metodológicas que me permitirán seguir argumentando las condiciones del contexto actual. En consecuencia, aun no me montaré a la ola de quienes comienzan a soltar nombres sin ton ni son, no lo haré porque estoy convencido de que es ocioso por el momento, dado que los tiempos de definiciones comenzarán según mi experiencia, ya muy avanzado el segundo semestre del año, por lo que prefiero seguir aportando algunos elementos de discusión. La democracia contemporánea no puede entenderse sin la oposición, “de no ser así, una parte del sistema político, y sus interrelaciones con los sistemas económico, social y cultural quedaría fuera del análisis y sería inadecuado para la comprensión de los cambios que ocurren dentro de la totalidad de los regímenes políticos” (Barrientos, 2015: 144). Así, para el tema que nos ocupa, como ya lo he señalado en anteriores colaboraciones, la oposición se ha desdibujado en la entidad, más victima de sus propios yerros que del buen trabajo del partido en el poder. Se advierte por diversos teóricos que la oposición es exclusiva, ya que no puede ser gobierno y oposición simultáneamente, y por lo tanto es exhaustiva, ya que cuando se asume el poder deja de ser oposición, dicho criterio es una importante guía para explicar porque nunca ha ganado la gubernatura local.

“La función de oposición debe entenderse bajo dos ejes: primero respecto de su posición frente al sistema político institucionalizado, y segundo, su fuerza (fuerte o débil) o capacidad movilizadora” (Barrientos, 2015: 146).  Por ello es preciso medir la fuerza que tiene la oposición en el sistema político, para de esta forma entender la distribución autoritaria de valores. (Easton, 1969; en Barrientos, 2015).

Para apoyar esta hipótesis haré uso de un indicador que permitirá explicar la nula fuerza de la oposición en el Estado de México, se define la fuerza de la oposición como: el factor que mide la fuerza electoral de todos los partidos de oposición respecto del partido vencedor, es decir, indica en qué medida el partido vencedor obtuvo su victoria electoral en relación con el resto de los partidos: por mayoría absoluta o relativa. La fórmula usada para este indicador se expresa de la siguiente manera:

Dónde:

FO = Índice de fuerza de la oposición.

%VPO = Porcentaje total de votos de los partidos de oposición.

%VPV = Porcentaje de votos del partido o coalición vencedora.

NP = Número total de partidos en la elección.

Aplicando dicha fórmula, resulta evidente (ver cuadro anexo) la caída en el porcentaje de dicho índice que ha pasado del 67.68% en 1999 al 26.82% en la última elección a gobernador del 2011.

En las tres elecciones tomadas para la revisión, la competencia se lleva a cabo por tres fuerzas políticas, sea con partido político en solitario o coalición:

 

Si bien se trata de un caso diferente, para la elección de diputados locales en 2015, puede observarse que la fuerza de la oposición nuevamente bajó hasta un 19.89% , por lo que su descenso ha sido en caída libre desde hace 20 años cuando realmente tuvieron un alto registro.  El índice de fuerza de la oposición es una herramienta académica, pero algo dice que  la oposición haya descendido un 47.79% en una generación. En vez de crecer el enanismo opositor es elocuente.

Como se aprecia, no se necesita gran imaginación para advertir que la única opción realmente efectiva que tuvo y tiene la oposición en la actualidad es que lancen un solo candidato que agrupe a toda la oposición en su conjunto. En la medida que MORENA lance a su candidato propio y surjan independientes, en esa proporción la efectividad de los votos opositores se pulverizará a favor de la coalición gobernante, que tan sólo tendrá que alimentar las divisiones internas en los partidos ajenos al suyo para reeditar un triunfo sin despeinarse.

En consecuencia, todo parece reducirse a las problemáticas elecciones internas en donde sí podría registrarse un verdadero sisma para el partido en el poder y sus aliados, pues un conflicto intestino es una variable no prevista que podría modificar todos los escenarios. Bajo esta lógica parece razonable que todos los actores interesados en obtener dicha postulación abonen por su causa en el más aseado de los procesos de posicionamiento posibles, pues de lo contrario harán  lo que la oposición en su conjunto no ha logrado hacer en 20 años; debilitar al partido en el poder.