Saber leer las señales…

Juan Carlos Villarreal

“Yo pa’ riba volteo muy poco,

Tú pa’bajo no sabes mirar”

 

Ciudades en donde encontrar descabezados arrojados en las calles no puede ser un buen síntoma para ningún gobierno, en donde el crimen se apodera del espacio territorial mejor que la autoridad, en donde la multiplicación de sitios donde se cobra derecho de piso bajo la ley de “plata o plomo” ya lo mismo en Acapulco que en Toluca, narcomensajes que alimentan a la prensa ya no amarilla sino roja de la sangre que exhiben y aún así, el gobierno piensa que la coordinación le está funcionando. Con Calderon culpábamos igual a los gobiernos del PRI que a Fox por no haber combatido al narcotrafico. EPN y su gabinete, llegaron culpando a Calderón de un mal diagnóstico en el tema de la inseguridad. Todos han estado combatiendo las consecuencias y no las causas. No hay peor ciego que el que no quiere ver, decían las abuelas. Vivimos en un Estado esquizofrénico, por un lado la vida de traje, guaruras y demás parafernalia del poder y del otro, la creciente inseguridad que no es producto del crimen organizado sino de la terrible desigualdad que vive este país y que día con día se hace más evidente.

 

El neoliberalismo que creció junto con la globalización han sido una enorme oportunidad para generar riqueza en forma rápida y en sociedades con marcadas injusticias sociales como es la nuestra, el fenómeno de la desigualdad económica se ha agudizado, lo mismo pasa en Rusia, China, India o Brasil, pero no en todas pasó lo mismo, también hay naciones que han mejorado sensiblemente tanto en el plano económico como en la distribución de la riqueza, es decir otras alternativas también son posibles, como lo demuestran los casos de Costa Rica, Chile y Uruguay en nuestro continente. Lo común con los primeros es la corrupción y con los segundos, justo lo contrario, no es ninguna casualidad entonces que la desigualdad se alimente lamentablemente desde el gobierno. Por eso escuchar otras ideas y tratar de extraer algunas lecciones puede resultar útil para esta reflexión.

 

Hace algunos años cuando llegó al poder en Francia el presidente Sarkozi, decidió aumentarse el sueldo para “homologarlo con el de los secretarios del gabinete” y así siguió aumentando el costo de la burocracia tanto como el tamaño de sus tacones ocultos (su novia era mucho más alta que el), su desatino  y propensión al show mediático lo arrastraron estrepitosamente y perdió sus siguientes elecciones. Al llegar a sustituirlo Hollande, entre otras cosas decidió bajarse el sueldo (en lo de las novias, siguió igual, aunque Francoise no oculta su chaparrez), dejó sin chofer a los mandos superiores y sin auto a los Ministros, entre otras importantes medidas de austeridad implementadas, que simplemente dejaron de gastar un poco para el tamaño de los gastos del gobierno, pero fue un ahorro de un enorme valor simbólico para los ciudadanos. Lo mismo sucedió en Grecia cuando en medio de una terrible crisis económica el primer ministro decidió bajar los sueldos en los principales cargos del gobierno. En España, a pesar de diversas medidas de austeridad la gente decidió cobrarse la factura votando por nuevos partidos, con líderes muy populares y poco institucionalizados que ha hecho más difícil conseguir mayorías estables en el parlamento, las marchas de protesta se multiplican a la menor provocación y la gente a pasado de las quejas estériles a las protestas callejeras lo mismo que al abandono de los partidos tradicionales.

 

Como se aprecia, los gestos simbólicos del ejercicio público pueden tener distintas ejecuciones y obvio, diversos resultados. En Francia, a pesar de su crisis económica, el poder de Hollande es muy estable y ha recuperado poco a poco el apoyo social. En Grecia, la oposición ha logrado calmar los ánimos callejeros aunque su situación sigue siendo muy delicada y en España, los costos los están pagando los partidos tradicionales y ahí estriba la principal diferencia; en estos tres países la gente se organiza para protestar públicamente contra su gobierno y le cobra a sus partidos dejando de votar por ellos. En México nadie paga la factura y los ciudadanos nunca protestamos en forma efectiva. Quizá por ello nuestras élites se dan el lujo de hacer como que no pasa nada y siempre culpar a otro de sus propias incapacidades.