El Papa Bergoglio y las dos caras de México.

Mtro. Juan Carlos Villarreal Martínez Director General de CEPLAN

 

 

La visita del Papa Bergoglio ha desnudado la más íntima de las vocaciones de nuestras élites políticas y ésta, infortunadamente no ha sido su fe católica, sino su marcada propensión al boato, a la vanidad de una selfie en el Palacio Nacional, otrora símbolo del Estado laico y ahora convertido en la gran carpa en donde se reunió la “creme dela creme” del México de los privilegios. Adentro, en las oficinas, la imagen de Juárez atestiguando como en el patio el gabinete presidencial perdía la compostura en la búsqueda de una foto celestial. Y para que todos lograran su ansiado retrato, hasta en tres eventos durante el fin de semana tuvieron la oportunidad de ver al Vicario de Cristo. Los servidores públicos pueden profesar en privado la fe que mejor les parezca, pero lo hicieron en una visita de Estado y en un lugar público, ni más ni menos que la sede de los poderes públicos.

La primera acción del Estado mexicano al recibir al jefe del Estado Vaticano, fue invitarlo a un recinto cerrado y alejado de la feligresía, fue mostrar el rostro de ese México exitoso a costa del erario público, los ricos al amparo del servicio o en los múltiples negocios de la iniciativa privada con el gobierno, justamente la cara de la desigualdad que tanto lastima a la fe católica. Así los gestos de nuestra clase política lejos han estado del decoro republicano y han mostrado una vez más el rostro de los hombres trajeados alejados del pueblo.

El primer evento fuera de la capital no podría tener mayor simbolismo, fue a la tierra del gobernador Eruviel Ávila, quien no escondió sus empeños por conseguir esta visita. Las giras papales a nuestro país han estado marcadas por los signos de la coyuntura política y está no ha sido la excepción. En medio de la incredulidad social hacia su clase política, los mexicanos nos hemos llenado lo mismo de imágenes que de discursos que en los más de los casos, han dado en el centro de animo popular. Veamos lo que dijo en Ecatepec, uno de los municipios más poblados de América Latina y sede por excelencia del poder político local, ahí dijo:

Las Tres tentaciones que sufrió Cristo. Tres tentaciones del cristiano que intentan arruinar la verdad a la que hemos sido llamados. Tres tentaciones que buscan degradar y degradarnos.

“Primera: La riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o ‘para los míos’. Es tener el ‘pan’ a base del sudor del otro, o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta ese es el pan que se le da de comer a los propios hijos.

“Segunda tentación: La vanidad, esa búsqueda de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que ‘no son como uno’. La búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la ‘fama’ de los demás, ‘haciendo leña del árbol caído’, va dejando paso a la tercera tentación, la peor, la del orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la ‘común vida de los mortales’, y que reza todos los días: ‘Gracias te doy Señor porque no me has hecho como ellos”.

Obviamente se dirigió a la feligresía presente, pero siendo como es, un hombre de profundas convicciones políticas, sus palabras no tienen desperdicio para el contexto mexiquense, caracterizado por la opacidad en la asignación de la obra pública y los escándalos de corrupción que lejos de desaparecer, se reproducen un día sí y otro también. Ahí reunidos más de 50 mil servidores públicos, entre ellos miles de policías que durmieron en cajeros automáticos y otros en el suelo, mientras que los funcionarios públicos de primer nivel gozaron de todos los privilegios. De nuevo el rostro de la inequidad social, de la desvergüenza de algunos que incluso se robaron los alimentos destinados para la gente que esperó durante horas para ver unos segundos al Papa. Fue el retrato de una clase gobernante que justo vio como se reproducían las tres tentaciones señaladas casi como pecados en sus actos; la riqueza, la vanidad y el orgullo. Mientras a distancia los miles de fervientes seguidores de la palabra de Cristo veían, una vez más, como hay dos Mexicos, uno en donde habita nuestra privilegiada clase política y otro en donde el resto sufre por sobrevivir.